Tapa de Por Medio Centímetro

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Por Medio Centímetro

No era la humedad de siempre que se mete en los huesos en ese edificio bajito y olvidado de Camino Carrasco. Era un olor raro, dulce, estancado. Los milicos, dos gurises con más sueño que ganas, bajaron del 2-04.

—Ta, Orlindo. Fue un ACV, parece. El tipo quedó ahí, sentado —dijo el más joven, firmando la planilla en el hall.

Orlindo, el encargado, asintió. Treinta años barriendo esas baldosas. Conocía a Acuña, el muerto: un tipo gris, de los que saludan mirando al piso. Cuarenta y ocho, médico en una mutualista, soltero, sin perro. El vecino ideal: el que no jode.

—No toque nada, señor portero, por favor —dijo el que hacía de comisario, que ni lo conocía.

En la planilla pusieron: “Vida tranquila. Sin enemigos. No hay signos de violencia”. Faja en la puerta y chau.

Orlindo subió con el balde. El trabajo no esperaba.

—Portero es el eléctrico —murmuró—. Acá soy el encargado.

Pasó el lampazo por el descanso del segundo. Se frenó. La puerta de Acuña. La conocía de memoria. Acuña era obsesivo: siempre dejaba el felpudo medio centímetro torcido hacia la izquierda. Ahora estaba perfectamente derecho. Y la mirilla, siempre limpia, tenía una mancha de grasa extendida en la chapa, como una palma tapándola desde afuera.

El frío que sintió no era el del invierno. Se le prendieron todas las alarmas. Se le heló la nuca.

Sin saber bien porqué, se acordó de Doña Marta, la del 3-01. “Se cayó en la ducha” una semana después de decir que le querían comprar el departamento por dos pesos. Y del pibe del 1-02, el que estudiaba arquitectura. “Fuga de gas”. Raro, si el edificio era todo eléctrico desde hacía años.

Acuña tampoco tenía enemigos. Pero tenía un departamento.

Bajando en el ascensor, se cruzó al Dr. Bove, el del 4-01. Último piso con terraza. Traje todos los días. Vecino “nuevo”: cinco años y ya opinaba de todo.

—Una pena lo de Acuña, ¿vio, Orlindo? Este edificio se está poniendo viejo. Peligroso —dijo Bove, y le acomodó el cuello de la camisa.

En las reuniones de consorcio siempre preguntaba quién debía expensas. Le ofreció a Acuña comprarle “para un sobrino”. En el garaje hablaba por celular a escondidas. Solía estacionar a la vuelta y marcar horarios. A Orlindo no se le escapaba nada: veía todo. Y, aun así, no había atado los hilos.

Orlindo se miró las manos curtidas de lavandina. Las de Bove, impecables. Salvo por un raspón fresco en los nudillos.

—Sí, doctor. Una pena —dijo Orlindo—. La constructora de la esquina seguro piensa lo mismo.

Bove dejó de sonreír. Se cubrió los nudillos, inconscientemente. El ascensor paró en la planta baja. Salió rápido.

En el bolsillo de Orlindo, la llave maestra pesó un poco más. Siguió viaje al subsuelo.

Supo que él era el próximo en la lista.

O que Bove era el próximo en la suya.

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