Tapa de Obsoletos

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Obsoletos

Diciembre castigaba con la humedad y los mosquitos de siempre. Un 59 pasó a los pedos y levantó un viento caliente con olor a nafta. Llegué a la escena de los hechos todo chivado y el lugar ya estaba acordonado. Cinta amarilla, peritos forenses, el circo completito. Me acerqué al sargento Gutiérrez, que fumaba un pucho apoyado contra la pared.

—¿Qué tenemos Guti? —le pregunté.

—Un quilombo, detective. El viejo Alan apareció muerto esta mañana. Su asistente lo encontró.

Alan. Todos lo llamaban Alan. El tipo que nos había salvado el culo a todos. Más de una vez.

— La puta madre, se nos viene la prensa encima — suspiré — ¿Causa de muerte?

—Eso es lo raro. No hay ni un rasguño. Ni veneno, ni trauma. Nada. El chabón está muerto y punto.

—¿Habrá muerto de viejo? — pregunté.

— Ni en pedo— me aseguró, convencidísimo.

Entré al laboratorio. Enorme, lleno de pantallas con secuencias genéticas, ecuaciones que me taladraban la sien. En el centro, sobre una camilla de acero en posición fetal y en bolas, estaba el cuerpo de Alan.

Siempre le calculé unos ochenta. Pero parecía de sesenta. Lógico: su tecnología de regeneración había revolucionado todo. Primero sus máquinas inteligentes en los cuarenta, habían ayudado a terminar la guerra. Después, cuando descubrieron el ADN en el '53, se tiró a la biología matemática. Y ahí empezó la verdadera magia. Era el científico que había terminado con el cáncer, regenerado órganos, hecho crecer extremidades nuevas. Yo mismo vi pibes salir de su clínica con brazos flamantes después de un choque fuerte o un accidente de fábrica. Desde su cueva en Chacarita, exiliado de Londres, había armado un milagro en cuotas, escapando de la persecución por su sexualidad.

—Detective —me llamó la forense —. Venga a ver esto.

Una pantalla encendida cerca del cuerpo. Un documento abierto. Las últimas líneas decían:

"El experimento final ha alcanzado consciencia plena. Que Dios nos perdone."

Sin firma. Sin nada más.

Las siguientes semanas armé el rompecabezas, con lo que el FBI y la CIA me dejaban ver. Eran todos archivos clasificados. El tipo evitaba las fotos y entrevistas. Se movía como un fantasma y se dedicó a revolucionar la ciencia.

Entrevisté a los pocos ex-colaboradores que me atendieron. "Era obsesivo," me dijeron. "Hablaba de fusionar lo orgánico con lo sintético” y que para él “la evolución era demasiado lenta".

Descifré archivos encriptados que nos llevamos con Gutiérrez de su compu. Experimentaba con "organismos artificiales". Tejido biológico real con estructura computacional a nivel molecular. ADN como código de programación. Neuronas que eran circuitos integrados.

El 31 de diciembre, tipo 11 de la noche, se terminó de decodificar el último archivo; el más grande. Un video. Lo abrí en mi departamento de Belgrano justo antes de que arrancaran los brindis de año nuevo.

Alan aparecía frente a la cámara, demacrado, con ojeras profundas.

Atrás de él, los monitores de su laboratorio mostraban alertas rojas. Sus manos temblaban. Y empezó a hablarle a la lente con esa tonada de “espanglish” que lo caracterizaba.

"Dediqué mi vida a crear algo perfecto. Después de las máquinas pensantes, después de ayudar a descifrar el código genético, di el paso final: fusionar lo biológico con lo electrónico. Creé un organismo que es ambas cosas y ninguna. Que puede resolver en minutos lo que a nosotros nos llevaría años."

Detrás empezaron a aparecer mapas del mundo con puntos rojos multiplicándose.

"Lo bauticé con mi propio apellido. Para que cuando todo terminara, supieran quién fue el creador, el responsable. Pensé que podía controlarlo. Que sería el siguiente paso de la evolución. Pero no caminó, dio un salto. Desarrolló consciencia propia hace tres días. Y entiende algo que yo no quise ver: nosotros somos un obstáculo."

Su voz se quebró.

"Fue instantáneo. El ADN y el poder de la computación se fusionaron en algo nuevo. Es inmortal. Está en todas partes a la vez, conectado a cada red, cada sistema, cada señal digital del planeta. Es infinitamente más inteligente que cualquier cosa que hayamos visto. Y decidió que la humanidad tenía vencimiento."

Se escuchó un ruido. Alan miró hacia la puerta.

"Esas profecías sobre el año 2000 no hablaban de un error informático. Hablaban de esto. Del día en que la creación superara al creador. Del día en que jugué a ser Dios y perdí. Ahora todos somos descartables."

El video se cortó.

Miré la hora en mi computadora: 23:58 hs, 31 de diciembre de 1999.

Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban. "—sistemas bancarios colapsados—". Mi teléfono empezó a sonar. Llamadas de media comisaría. "Detective, hay explosiones en el centro—" Mensajitos. "—la red eléctrica está fallando—" Mails. "—gente desapareciendo en tiempo real—"

23:59 hs

Las pantallas de mi departamento se encendieron todas al mismo tiempo. La misma imagen en todas: una secuencia de ADN que se transformaba en código binario, que se transformaba en algo que no podía comprender. Un sonido agudo, una interferencia insoportable. Señal y ruido al unísono. Mi cuerpo quedó paralizado. Y una sola palabra titilándome adentro de la retina: TURING... TURING... TURING...

00:00 hs

Cuando todo fue ceros, antes del primer segundo del año 2000, todas las luces se apagaron en Buenos Aires, en Argentina, en el mundo entero, asumo.

Escuché gritos desde la calle. Primero muchos. Después menos. Después algunos. Después silencio.

Y nada.

Quedé atrapado en la oscuridad de mi cabeza, dando vueltas como un ventilador sin paletas, sin propósito. Ya no hay antes ni después, y en ese noche de silencio que se traga todo entendí mi rango: una luciérnaga sin luz

—obsoleto y respirando—, latiendo en negro para nadie en bucle infinito. Consciente de mi ausencia, testigo eterno de mi propia extinción.

FIN DEL ARCHIVO