
Me levanté despacito, un poco mareada, como si hubiera dormido en un Samba. La habitación estaba fría. No fría de invierno: fría de luz y sonido. Sentí algo pegado en las manos. Entrecerré los ojos en la penumbra y las miré. Sangre seca, dura como barro. Me froté contra el pantalón pero solo manché más. Si es que cabía esa posibilidad. La cama era una pelea entre una bolognesa y un vino tinto.
Miré alrededor y recién ahí lo vi: el cuerpo.
Ahí tirado, de costado, al costado, con la panza desbordada, los rollos aplastados contra el piso. En bolas. La bocha pelada al medio, los pelos finitos. Lo reconocí: el cura del pueblo. Me temblaron las piernas. Me apreté contra la pared como si pudiera desaparecer. De verdad quería embutirme y que todo fuera otra pesadilla más.
Quise salir. La puerta estaba trabada. No cerrada, no: bloqueada. El sillón, la mesa, el baúl... todo apilado como en un ataque de pánico. ¡Quién había hecho eso! No me acordaba de nada. Ni cómo había llegado el cura a mi cuarto. Ni por qué estaba desnudo. Ni por qué me dolían los moretones en las piernas. Ni por qué tenía sangre mía también chorreando de la cabeza.
Busqué mi celular. Pero no era el mío. Era rojo por eso me costó encontrarlo entre las sábanas. Yo odio el rojo. Igual lo agarré. Y tenía mi patrón de desbloqueo, mis fotos, mis contactos ¿Era el mío?. ¿Cuando le cambié la funda? Las manos como terremoto. Abrí los mensajes. Mandé uno de madrugada: “No te preocupes. Ya casi está.” La foto de perfil era mi cara, pero distinta. Peinada. Sonriente. Limpia. ¿También me actualicé el perfil? ¡La puta madre! ¿Estuve chupando? ¿De nuevo?
Miré al gordo tirado en el porcelanato. El cuello estaba doblado de una forma rara, medio imposible. La cara apoyada contra el piso, como si lo hubieran empujado con fuerza. O arrastrado. O... No quise pensarlo, aunque igual le miré el culo. Me acerqué. No sé por qué. Un olor dulzón, podrido, como de carne tibia mezclado con chivo, me golpeó de frente como un guiso en mal estado. Se me revolvió el estómago. Vomité en la esquina, esquivando las patas del difunto. Como si le fuera a importar. Me quedé sin aire.
Quise convencerme de que me estaban armando algo. Que alguien había entrado. Que me drogó. Que lo liquidaron al sacerdote y me van a culpar. Me repetí eso una y otra vez. No podía llamar a la policía. Me agarré la cabeza. Me tiré del pelo. Necesitaba irme de ahí. Correr. Romper la ventana. Hacer algo. Pero no podía mover los muebles. Estaba puesto con una fuerza que yo no tengo.
El celular vibró. Un audio.
Mi voz. Yo, pero no yo. Calma. Firme. Oscura.
Dijo: —Quedáte ahí. No vuelvas a tocar nada. Después me encargo. Siempre me encargo. No seas boluda.
Y recién ahí até los cabos. La puerta estaba trabada desde adentro. No fue para que nadie entrara.
Fue para que yo no saliera.
No me quise dejar salir, soy peligrosa, me iba a meter presa seguramente, mejor esperar el turno de la profesional, ella iba a arreglar todo. Otra vez.
FIN DEL ARCHIVO