Tapa de Marca Blanca

BIBLIOTECA / CUENTO

Marca Blanca

—Vea, pibe, usted se piensa que el marketing lo inventaron los yanquis con esos libros de tapas duras

—me dijo el viejo comisario, limpiándose la espuma de la cerveza con el dorso de una mano llena de manchas hepáticas—. No señor. El marketing de verdad, el agresivo, el que te agarra de las tripas, ese lo inventó el "Rengo" Funes en una librería de barrio, allá por Valentín Alsina.

La denuncia decía "movimientos extraños". Un vecino batidor, de esos que no duermen ni dejan vivir. Fui sin ganas: lluvia finita y ese cartel de “Librería Arco Iris – Todo para la vuelta al cole” que ya de entrada te deprime. Cuando caímos, Funes estaba sentado sobre una pila de cuadernos Gloria naranja.

—¡No se mueva, carajo! —le gritó Paredes.

Yo pensé: la puta madre, este gordo vio muchas películas, si el tipo está más duro que un rulo de estatua.

En el depósito había tufo a encierro, a humedad y a esa acidez química que te raspa la garganta cuando cocinaron merca barata cerca. Encontramos los siete paquetes sobre un escritorio mugriento, entre papeles mojados por un mate tibio volcado que seguro era del rengo. Pero eso era la propina. Lo grosso, lo que me revolvió el estómago y me hizo admirar al hijo de puta al mismo tiempo, estaba en las cajas de lápices.

—¿Usted se acuerda de la escuela? —me preguntó el viejo, clavándome esos ojos aguachentos—. ¿Se acuerda de morder la parte de atrás del lápiz, de masticar la goma cuando no le salía la cuenta de dividir? Bueno, el Rengo también se acordaba.

Habían inyectado una solución concentrada en las gomas de borrar y en la madera porosa de los lápices "Sylvapen". Nada de meter la bolsita en la cartuchera, no. Esto era ingeniería social. El pibe se ponía nervioso en la prueba de matemática, mordía el lápiz, sentía el amargo, se le adormecía la lengua y, ¡paf!, el cerebro se le prendía como un árbol de navidad. El negocio era redondo como una hostia. A los dos días, el pibe no quería otra marca. Lloraba si la madre le compraba Faber. Querían los del Rengo. El único importador y revendedor autorizado.

—Fidelización de marca desde el jardín de infantes —dijo el comisario, con una mueca que quería ser sonrisa—. Encontramos a Funes babeando, riéndose solo. "Son el futuro de la patria", fue lo único que dijo cuando lo esposé. Y tenía razón. Nos llevamos las siete dotes para el acta, claro. Y un par de cajas de lápices... para el "análisis". Sabe una cosa, nunca corregí expedientes con tanta energía como esa semana.

Al final, Sarmiento no estaba tan equivocado con eso de que la letra con sangre entra. Pasa que con falopa entra más rápido.

FIN DEL ARCHIVO