
Hay olor a lavanda de free shop y a fierro. El óxido es mi sangre. La lavanda es él, aunque el perfume árabe me lo robó a mí. Julián se acomoda los gemelos de oro frente al espejo. Mis gemelos. Esos que tarjeteé hace dos meses, antes de que el plástico pidiera auxilio. Me mira por el reflejo. Nada. Ni bronca, ni asco. Tiene una ausencia emocional que asusta. Sus ojos son dos vidrios empañados, esos verdes podridos que me compraron al principio. Me mira como quien mira una bolsa de consorcio que te da paja sacar a la calle. Un estorbo.
Tengo el pecho prendido fuego. El labio rajado me late con ritmo propio, obsceno. Quiero putearlo, pero escupo un gorgoteo espeso y tibio. Él sonríe. Es esa mueca de mierda, ese encanto de vidriera con el que me desarmó la primera noche. La sonrisa con la que le abrí la puerta, las piernas y la caja de ahorro.
—Das lástima viejita—tira, bajito. Su voz es seda. No grita. Nunca grita. No le hace falta levantar la voz para hacerme mierda, si es que queda algo sano para romper.
Camina por la habitación esquivando mi cuerpo tirado en la bañera. Soy un mueble roto. Él está impoluto, de punta en blanco. Un parásito con clase que ya chupó todo lo que había para chupar. Se alimentó de mi autoestima, de mi guita, de mi cordura. Su estilo de vida exige sangre nueva. Yo ya estoy seca. Soy el envase vacío.
Vibra el teléfono en la mesa de luz. La pantalla se ilumina: Sofía. El corazón se me clava en seco. Sofía. Mi amiga de la infancia. La heredera. La que se acaba de divorciar y está en carne viva. Julián agarra el celular. Ve el nombre. La sonrisa se le ensancha, mostrando los dientes perfectos de un tiburón que huele sangre en el agua.
Me ataca un recuerdo, un flash de la cena del sábado. Yo, en pedo de amor y estupidez, diciéndole a Sofía: "Es un sol, Sofi. Tenés que buscarte uno así. Me salvó la vida". Yo le vendí el boleto al infierno. Yo misma le abrí la jaula a la bestia.
Él desliza el dedo. Atiende. —¿Sofi? —dice. La voz quebrada, impostada, una actuación de Oscar—. Sí... recayó. Está mal otra vez. No, gordita, no puede hablar. Está en crisis. Sí, estoy muerto... gracias por escucharme.
Me clava la mirada mientras miente. Me guiña un ojo. Máscara de sinceridad y manipulación a puro brillo. Está tejiendo la red ahí nomás. —¿Te jode si paso a la tarde? Necesito aire. Que me aconsejes... ya no sé qué hacer con ella. Asiente. Corta.
Se agacha a mi lado. Me invade ese dulzor de mi perfume que ahora usa como suyo. —Gracias por el dato —me susurra. Se levanta. Agarra la valija. Se manda a mudar.
El portazo me retumba en los huesos rotos. La agonía física es insoportable, pero no es lo que me duele. Tampoco el saber que no me van a encontrar más. Ni siquiera el ácido que ya está terminando su trabajo en mi carne. Lo que me mata, mientras se me apaga la tele, es la certeza absoluta y rabiosa de que no solo me liquidó a mí. Le serví a Sofía en bandeja de plata. Y ahora, mientras yo me cocino, él se va silbando camino a comérsela cruda.
FIN DEL ARCHIVO