
El sujeto en cuestión se llamaba Norberto Villegas. Caucásico, aproximadamente cuarenta años. Patrones de conducta: erráticos. Nivel de inteligencia: moderado a bajo. Sin embargo, poseía una cualidad invaluable: me llevaba la comida. Y me sacaba a tomar aire. Era, en la jerga de mi antiguo laboratorio, "el cuidador".
Mi designación era "Prueba 718". Un experimento de una corporación farmacéutica que buscaba potenciar la sinapsis neuronal con un cóctel de nootrópicos y terapia génica. El objetivo era crear sujetos de rescate más eficientes. El resultado fui yo: mudo, si , pero con la capacidad de análisis de un superordenador y un entendimiento profundo de la condición humana. Lo consideraron un fracaso y me dieron por muerto en un incendio. Villegas, un guardia de seguridad de ese mismo laboratorio, me sacó de allí. Él cree que me rescató. Yo creo que lo adopté como coartada.
El caso actual presentaba un rompecabezas interesante. Un famoso comediante enano, "Pildorita", había desaparecido de su camarín en el Circo Austral. No había signos de violencia, solo un fuerte olor a grasa de maquillaje y un charco de agua con brillantina en el suelo. La policía, como era de esperar, estaba más perdida que turco en la neblina.
Villegas caminaba por la escena del crimen, tocando todo, contaminando la evidencia. Yo, mientras tanto, procesaba los datos. El charco no era solo agua. Un análisis olfativo preliminar detectó trazas de cloruro de sodio y un pH anómalo. Agua salada. El tipo de brillantina, hexagonal, de origen alemán, la usaba otro artista del circo: "Marina, la Sirena Humana". El móvil era evidente: celos profesionales. Pildorita le estaba robando protagonismo en el show, era la estrella ahí y en los medios.
El problema era comunicárselo a mi inepto compañero. Intenté el método directo: le traje el zapato de payaso que encontré tirado detrás del tanque de agua de la sirena. Villegas pensó que quería jugar. Le traté de explicar en código Morse la palabra "SIRENA". Creyó que tenía sed. La frustración era una tortura sin solución.
Opté por la manipulación conductual. Corrí hacia el remolque de Marina, como un loco. Villegas me siguió, puteando por lo bajo. La puerta, sin llave. Adentro, el olor a pescado y perfume barato era abrumador. En una esquina, una valija a medio hacer. Tiré de una de las mangas de un vestido que sobresalía. De adentro cayó una peluca arcoíris y una nariz de goma roja.
Villegas se quedó helado. "La concha de la lora...", susurró.
A Marina le temblaban las manos, mojadas de escamas de lentejuela. Pero se quebró primero El Yoni, la trans barbuda.
— Era un pelotudo!
Marina confesó todo. Odiaba a Pildorita. Lo noqueó de un coletazo, lo metió en el baúl con el domador de lagartos y lo tiraron al Riachuelo. Un final oscuro para un hombre que se ganaba la vida haciendo reír a los pibes. Humor negro en su máxima expresión.
Esa noche, mientras Villegas me servía la mejor carne que su miserable sueldo podía comprar, me miró con admiración.
—No sé cómo lo hacés, che. Es como si entendieras todo. Sos un bocho. Allá en el laboratorio te llamaban por un código, pero yo te puse un nombre de verdad.
Se agachó y me palmeó la espalda. Sacó del bolsillo un viejo llavero, una placa de metal con forma de rombo que se había afanado del laboratorio el día del incendio. Estaba grabada con mi designación original, el nombre que le habían puesto al proyecto y del otro lado, a mano, mi nuevo apodo.
—Vamos, Scooby-Doo. A comer.
Asentí levemente. Aceptaba el nombre. Era funcional. Y, después de todo, un perro con nombre tiene más chances de sobrevivir que un experimento fallido.
FIN DEL ARCHIVO