Tapa de Cosecha de Silencio

BIBLIOTECA / CUENTO

Cosecha de Silencio

Estoy sentado en el subsuelo de la Hemeroteca de la Legislatura, en Mendoza. El aire huele a papel viejo y a tiempo estancado, una mezcla de polvo y vainilla rancia. El único sonido es el zumbido asmático del proyector de filminas y el chirrido de la rosca que giro con el pulgar, pasando imágenes fantasmales de las páginas del diario Los Andes. Septiembre de 1965. Busco algo que no sé si existe. Un fantasma.

Esta historia me llegó como llegan las pestes: por el aire. Fueron sólo susurros. Un retazo acá, en la sobremesa de un asado con un cana a punto de jubilarse. Otro allá, en la confesión borracha de un abogado en un bar de la calle Arístides. Siempre la misma melodía macabra: una mujer, una bodega, dos hermanos muertos por una discusión, un jardinero cómplice y después fiambre también. Una fortuna. Viñedos hasta donde se pierde la vista. Y un silencio de cementerio.

En la pantalla del proyector, los titulares gritan otra tragedia, una real, documentada: el alud que se tragó el Hotel de Puente del Inca en agosto de ese año. Decenas de muertos, fotos borrosas de rescatistas paleando nieve. Una catástrofe que se comió toda la tinta de los diarios durante semanas. Es el ruido perfecto para tapar otro ruido, el de los disparos o el de la pala cavando en la noche. Paso los días, 7, 8, 10 de septiembre. Nada. Ni una esquela, ni un accidente de caza, ni una breve en la sección de policiales. El silencio es absoluto. Y eso, para mí, es la primera prueba. Un crimen así no se pierde. Se esconde.

Cierro los ojos y siento el sol de Cuyo pegándome en la nuca. Dejo la ciudad y me meto en el corazón del Valle de Uco. La ruta es una cinta gris que corta un mar de viñedos verdes y ordenados. Al fondo, la cordillera es una muralla de dientes blancos y afilados. Es un paisaje tan perfecto, tan brutalmente hermoso, que parece mentira que pueda esconder algo podrido.

Encuentro un boliche en Vista Flores, una de las zonas que me marcaron en el mapa mental del crimen. Es un local de paredes descascaradas, con un almanaque de Gancia de hace veinte años y olor a vino derramado. Pido una empanada y un tinto de la casa. El dueño, un viejo de manos duras como raíces de parra, me mira de reojo. No pregunto directo. Hablo del vino, de las fincas viejas, de las familias de antes.

—Acá la tierra tiene memoria —me dice, después de la segunda copa—. Y a veces, mala memoria.

Le hablo de los años sesenta. Se encoge de hombros. Pero un paisano que está acodado en la barra, con la cara curtida por mil heladas, se ríe por lo bajo.

—Épocas bravas —dice, sin mirarme—. Había gente con poder. Familias que eran dueñas de la vida y de la muerte. Si alguien molestaba, desaparecía. Y no hablo de los milicos, ¿eh? Hablo de antes.

Me cuenta del "Callejón del Crimen", una leyenda que le da nombre a un vino famoso.

—Lo toman para la chacota.

Una historia de amantes de familias rivales, una tragedia romántica. Un cuento perfecto para vender botellas. Pero el viejo tuerce la boca.

—Cuentos para turistas. Para vender mas vino —escupe—. La historia de verdad es más sucia. Bastante más. No hubo amantes. Hubo guita. Y una mujer con más pelotas que cualquier hombre de por acá, se lo aseguro.

No dice más. El silencio vuelve a caer, pesado como la siesta mendocina. Pero ya tengo otra pieza. La leyenda es la cortina de humo. Ya no habla más, solo chupa.

Los días siguientes son un peregrinaje por fincas abandonadas y pueblos dormidos. Hablo con gente. Escucho chismes, retazos de memoria. Un tipo me habla del Gaucho Cubillos, el bandido milagroso, y me dice que por acá siempre hubo gente que se creía por encima de la ley. Otro me cuenta de las peleas feroces por las herencias de las bodegas, como la de los Zuccardi, que se sacaron los ojos en tribunales por millones de dólares. La codicia, me dice, es más fuerte que la sangre.

Siento que estoy armando un rompecabezas con piezas de cajas distintas. La mujer que mata por la herencia me suena al Clan Maillo, allá en el sur. El jardinero que ayuda y después lo limpian para que no hable... es la firma de Robledo Puch, el Ángel de la Muerte, que hacía lo mismo con sus cómplices en los setenta. Enterrar los cuerpos en el patio de la casa... me hiela la sangre, es el método del Carnicero de Giles. No estoy investigando un crimen. Estoy investigando el ADN de la maldad argentina. Y todos los caminos me traen de vuelta a este valle bañado en sol y vino. Tratando de enfocar la vista entre reflejos y espejismos en la memoria de la gente.

La pista que me quiebra la cabeza la encuentro en un archivo judicial online, buscando legajos viejos. El del capataz que se comió el garrón. Un tal Benítez. Murió en el penal. Reviso la lista de visitas de sus últimos años. Un nombre se repite una y otra vez. Elena. Su hija.

La encuentro. Vive en Chacras de Coria, en una casa que parece sacada de una revista de arquitectura. Vidrio, cemento y acero, con una vista a los viñedos que te corta la respiración. Es una fortaleza de diseño, impecable, silenciosa. Lo que dicta la clase alta mundial hoy en día, cumplido a rajatabla.

Elena me recibe en una galería que flota sobre el jardín. Es una mujer de mi edad, obviamente mucho más elegante, con una calma que desarma. Hay algo en su mirada, una quietud antigua, como si nada en el mundo pudiera sorprenderla.

—Así que usted es el que anda revolviendo el pasado —me dice, y no es una pregunta.

Nos sentamos. Un empleado mudo nos sirve dos copas de un Malbec que parece sangre espesa. La botella no tiene etiqueta.

—Cosecha privada —aclara ella.

Le cuento todo. Sin rodeos. Le pongo sobre la mesa los susurros, los fantasmas, los crímenes de otros que se parecen tanto al suyo. Hablo de su madre, la que se fue a Europa. De los tíos que se esfumaron. Del jardinero. Del silencio comprado.

Ella me escucha. No se inmuta. Sostiene la copa con una firmeza que envidio. Cuando termino, apoya la copa en la mesa de lapacho. El sonido es el único ruido en kilómetros a la redonda.

—Usted es un hombre tenaz —dice, y su voz es suave, casi un arrullo—. Ve fantasmas donde solo hay dolor. Mi padre fue un chivo expiatorio. Mi madre, una víctima de las circunstancias. La gente del campo tiene mucha imaginación. Les encantan las historias de terror.

Me sirve más vino. El aroma es increíble. Fruta madura, cuero, un toque de algo que no reconozco, algo mineral, como tierra mojada. Bebo. El sabor es una explosión en la boca. El mejor vino que probé en mi vida.

—La verdad —sigue ella, mirándome fijo— no siempre es tan espectacular. A veces es solo triste. Y hay que dejarla descansar.

Siento un calor que me sube desde el estómago. Un cosquilleo en los dedos. La luz del atardecer sobre la cordillera parece demasiado brillante, casi líquida. Intento enfocar su rostro, pero los bordes empiezan a desdibujarse. Quiero hablar, preguntarle, pero la lengua me pesa una tonelada.

El vino tiene esa magia extraña, te afloja los nudos de la cabeza, te hace ver lo que tenés delante con una claridad brutal. Mis ojos, casi por voluntad propia, se clavan en un portarretratos sobre el mármol de la chimenea. Al entrar lo vi, pero no lo miré. Es una foto en blanco y negro, elegantísima. No es un retrato familiar. No están los hombres. No están el marido ni el hermano. Solo están ellas dos. Su madre, Elvira, en el esplendor de su belleza, mira a la cámara con una suficiencia helada, y a su lado, una niña de unos diez años, Elena, la mujer que tengo enfrente. La niña no sonríe. Mira con la misma fijeza que su madre, con una complicidad que no es de una hija, es de una socia. Y el rompecabezas en mi cerebro no hace clic, EXPLOTA. No es la historia de una viuda negra. Es la historia de un matriarcado fundado a sangre y fuego. El cuadro no retrata a una familia rota, celebra a las sobrevivientes, a las ganadoras.

La historia real me cae encima con todo su peso y se proyecta como una película para el cual soy el único expectador. Ya no veo fragmentos, veo el plan completo, la obra de una estratega. Elvira no se ensució las manos al principio. No. Fue más inteligente. Puso a los hermanos uno contra el otro, como a dos perros de riña. Rumores, una amante compartida, deudas de juego, la desconfianza sembrada día a día en la cena, en la cama. Los enfrentó hasta que la avaricia y el rencor explotaron en una discusión a los gritos en la cava. Quizás uno sacó un arma. Quizás solo se fueron a las manos. Pero uno de los dos murió primero, a manos del otro. Y entonces sí, intervino ella. Un solo disparo, frío y certero, para el hermano que quedaba en pie, para el ganador de la pelea. Una ejecución, no un crimen pasional. Después, el jardinero. Le vendió el cuento: "Se mataron entre ellos por plata, por la herencia. Ayudame a enterrarlos, que no se arme un escándalo". El pobre tipo, leal y asustado, obedeció. Y ella, en lugar de una bala, le dio un premio: unos billetes, una palmada en la espalda y un pasaje de ida a San Juan, para empezar una vida nueva. Unos meses después, un titular diminuto en un diario sanjuanino: "Puestero muere en accidente de caza". Nadie conectó los puntos. Los medios no eran lo que son ahora, las noticias se morían en el límite provincial. Para cuando los abogados, bien aceitados, le entregaron el control total del imperio, ella ya era dueña de la policía, de los jueces y, sobre todo, del silencio.

Salgo de mi trance y por fin mis ojos se enfocan. En la pared junto a la puerta de entrada. Ahí está. La había visto sin verla. Una pala de jardinería. Pero no es una herramienta cualquiera. El mango es de plata maciza, tallado con hojas de parra. Es una pieza de orfebrería, una obra de arte. Hecha para decorar, usada para ocultar. Es la confirmación final, la firma de la artista. Y en ese instante, siento que el calor del vino no es solo embriagador. Es un fuego que me corre por dentro, lento, adormeciendo. Mis manos no responden, el cuerpo vacila. La veo a ella, Elena, la niña de la foto, la heredera. Y lo entiendo todo. Cuando los hombres mandaban, su madre tomó el poder. Y ella está acá para conservarlo. Bebí el mejor y más refinado veneno, añejado en las sombras de una fortuna que le era ajena, pero que tuvo la fuerza para ser dominada por dos mujeres. Un veneno que es, en sí mismo, la esencia de su legado.

FIN DEL ARCHIVO