Tapa de El Vecino

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El Vecino

El cielo amaneció pesado, de un gris panza de burro que no se movió en todo el día y obligaba a tener las luces prendidas como si fuera de noche. Ni una gota, pero la humedad se te pegaba al cuerpo, insoportable.

La casa era un reflejo de su ánimo: silenciosa, pero cargada de un desorden invisible, de días acumulados sin mover un dedo. Él salía poco y nada, lo justo para buscar algo de comer. No era un viejo, pero ya caminaba con achaques, lento, arrastrando los pies, sin rumbo fijo. Había colgado los guantes con la música, la tele, y apenas cruzaba palabra con el carnicero o el del kiosco, siempre y cuando no hubiera nadie más. La soledad era un traje a medida que ya no intentaba quitarse.

Esa misma tarde, algo lo sacó de su letargo. Un ruido sordo de la casa de al lado, como un mueble que se viene abajo. Después, un murmullo que apenas se oía.

- Será el viento - se dijo, sin creerlo mucho.

Esa casa llevaba meses vacía, fácil un año, desde que la familia se había ido al sur. Él mismo les había dado una mano con la mudanza, cargando cajas, descolgando cuadros; solo habían dejado un sillón viejo de cuero rojo que no les entraba, con el reposabrazos todo rajado. Capaz por eso, cualquier sonido de ahí le resultaba tan raro, si estaba vacía. Pensó en ratas, por la mugre y el abandono.

- Capaz un gato metiéndose por el techo, andá a saber - Intentó espantar la idea.

Pero al caer la noche, ya metido en la cama, escuchó una voz. Bajita, pero clara como el agua. Un tipo hablando solo. Alcanzó a distinguir un "...no esta vez..." y después la nada misma, silencio. Se quedó tieso en la oscuridad, tratando de hacerse chiquito, estrujando los dedos de los pies bajo las sábanas como si eso pudiera protegerlo. Ni loco prendía la luz.

- ¡No seas cagón! seguro lo soñaste.

Sin embargo, el murmullo volvió, de a ratos, cada vez más pegado a la pared que los separaba. "...no esta vez...". La curiosidad, más fuerte que el miedo, lo tuvo en vilo. Se arrimó a la ventana, escondido detrás de la cortina.

Y entonces lo vio. Una silueta alta, flaca, enfundada en un buzo oscuro con capucha, saliendo a las apuradas por la puerta lateral de al lado. Llevaba algo en la mano. Caminaba agazapado, como si no quisiera cruzarse con nadie. Ni un saludo, ni una mirada. Y eso era lo más loco: nadie más pisaba esa casa. Ni parientes, ni un delivery, nada. Solo esa figura solitaria que parecía charlar con un fantasma, a juzgar por los pasos que sonaban dobles en la quietud.

Esa noche, pegar un ojo era imposible. Se puteaba por lo bajo por ser tan curioso, tan metido, pero no podía evitarlo. Apoyó la oreja contra la pared fría, esperando. Pero no volvió.

El sueño lo emboscó con una imagen rara: se veía entrando a la casa vecina. Por dentro, la nada misma. Ni muebles, ni lámparas, ni paredes claras. Solo un espacio gigante, desolador, con el único sillón rojo en el medio. Y él, sentado ahí, repitiendo como un loro: - "No me hace falta nada más."

Se despertó de golpe en plena madrugada. No por un ruido, sino por todo lo contrario. Un silencio espeso, anormal.

- ¿Se habrá ido ya? - pensó, con un alivio que no duró nada.

No se veían luces al lado. Estaba por darse vuelta y tratar de seguir durmiendo cuando un golpe seco hizo vibrar la medianera. Fuerte. Un puñetazo quizá. Se quedó helado, el corazón bombeando a mil por hora.

El cagazo luchaba contra las ganas irrefrenables de espiar. Ganaron las ganas. Salió al pasillo de entrada de su propia casa. Apoyado contra la reja de su puerta, encontró un cuaderno viejo, de tapa negra. Estaba impecable, sin una mota de polvo, sin la humedad reinante. Como si lo hubieran dejado hacía un segundo.

Lo levantó. Entró, lo tiró sobre la mesa de la cocina y lo abrió con dedos torpes. En una sola página, una letra que le resultó dolorosamente familiar decía:

"No lo busques más. El que se fue, fuiste vos."

Un frío le recorrió la espalda, un hueco en el pecho. Cerró el cuaderno de un manotazo. Necesitaba aire, necesitaba salir de ahí, ¡ya!

Abrió la puerta principal, dio un paso afuera, pero el aire se volvió denso, imposible de tragar. La calle se onduló frente a sus ojos, como un espejismo. Retrocedió como pudo, tropezando, y cayó de rodillas en el piso de la entrada. Un golpe seco retumbó en toda la casa.

- No esta vez... no esta vez... - Se repetía, una y otra vez, como una cantaleta inútil, una orden que su propio cuerpo desobedecía.

Ahí tirado, entendió. Su propia trampa.

Levantó la mirada hacia la ventana que daba a la de al lado. Y lo vio. Al supuesto vecino. Pero no estaba afuera. Estaba adentro. En su casa. Observándolo desde la ventana contigua.

El mismo cuerpo encorvado, la misma ropa oscura. Los mismos gestos cansados, hasta el temblequeo en la mano. Se le heló hasta el alma.

Corrió al baño, buscando el espejo como un náufrago busca tierra. Y ahí estaba otra vez. Su reflejo. Flaco, cadavérico, demacrado. Con un buzo negro con capucha que le oscurecía aún más el rostro, la mirada hundida en la nada de sus pupilas. Pero no era un reflejo pasivo; lo miraba fijo, con una mezcla de lástima y resignación infinita. El tipo del espejo articuló, sin sonido, las palabras que ya retumbaban en su cabeza:

—No esta vez.

Se dejó caer contra los azulejos fríos, abrazándose las rodillas. En ese instante helado, comprendió la naturaleza de su prisión. La mudanza en la que colaboró, sellando sin saberlo su propio exilio. El sillón solitario como único mueble y testigo mudo de su decisión de quedarse solo, rumiando la partida de los suyos, el dolor enquistado de que lo dejaran atrás. Golpeó la cabeza contra la medianera.

- No esta vez - escapó en un susurro sin aire, pura resignación.

Volvió a la mesa. Abrió el cuaderno en una página en blanco. Agarró una birome.

Y con su propia caligrafía temblorosa, escribió:

"No lo busques más. El que se fue, fuiste vos."

Salió al pasillo oscuro y dejó el cuaderno apoyado en la reja de la puerta.

Como cada noche.

Se dejó caer en el sillón de cuero rojo, ya sin nafta, ya sin ganas, sollozando bajo. Recordando a su mujer, a sus hijas, todas llorando el día que se fueron. Ya rendido, cayendo en la cuenta, solo quería que volvieran.

- No me hace falta nada más. - murmuró a la habitación vacía.

FIN DEL ARCHIVO