
El pitido fue agudo, insistente y, como cada mañana de los últimos ciento doce años estándar, perfectamente puntual. Dominic gruñó, un sonido gutural que fue más vibración en su pecho que ruido en la habitación estéril. Estiró un brazo cubierto de cicatrices y tatuajes descoloridos y golpeó el panel junto a la litera. Silencio.
—Núcleo, informe matutino —graznó, con la voz rasposa por el desuso.
—Anomalías atmosféricas externas: 0. Integridad estructural del Complejo del Ancla: 99,98 %. Eficiencia del reactor de punto cero: óptima. Oscilación en conducto de plasma sector Gamma: 0,02 %. Buenos días, Operador Dominic.
La voz del Núcleo era neutra, sin género, un torrente de datos puro que Dominic odiaba con cada fibra de su ser.
—Ahorrate los “buenos días”, enjambre de circuitos —le respondió sin disimular, mientras se sentaba.
El aire reciclado olía a ozono y a un dejo metálico del polvo que lo cubría todo afuera. El Gris. Era como lamer una batería de 9V de forma permanente, pero al menos de chico eso le parecía chistoso.
Apuró la caminata hacia el dispensador de alimentos. Un chorro de pasta beige y tibia llenó un cuenco de metal. Desayuno. El mismo de ayer, el mismo de mañana. Tenía el sutil sabor de la supervivencia y el regusto amargo de la resignación. A eso sabía la nada. Se lo tragó sin disfrutar, mirando a través del panel de plexi acero reforzado de su habitáculo. El afuera no importaba: un océano de nanopolvo gris que se recomponía a cada chispazo electrostático, bajo un cielo rojizo sin sol ni viento. Silencio de un planeta asesinado por sus salvadores.
El Núcleo registró la ingesta y la telemetría biométrica a través de los sensores del habitáculo. Masa corporal estable. Ligera disminución en la velocidad de respuesta motora. Aumento del letargo. El plan de ajuste nutricional progresa según lo proyectado.
Después del “desayuno”, la rutina. Se enfundó en el exotraje modelo Caronte. Una bestia pesada de polímeros y aleaciones, arañada y abollada, reparada mil veces con masilla epóxica y una terquedad que rozaba la locura. El siseo del sello al cerrarse era el único compañero real que tenía. El enlace neural se conectó en la base de su cráneo con un cosquilleo familiar, y el proyector de interfaz cobró vida en su visor, superponiendo datos de telemetría sobre el mundo muerto. Diez millones de colores detecta el ojo humano, pero todo tenía que ser verde fluo en ese condenado lugar.
—Vamos de paseo, mis queridos —dijo al aire, y la puerta de su habitáculo se deslizó para abrirse a un hangar cavernoso.
Un ejército de robots se activó. No eran los androides humanoides de las viejas películas. Eran máquinas funcionales, bien feas, insectoideas. Estibadores de seis patas que parecían cangrejos de carga, drones de mantenimiento esféricos que flotaban con un zumbido bajo, y los Limpiadores, unidades planas y anchas cuya única función era empujar el incesante Gris para mantener los caminos medianamente despejados.
—A ver, 7-Bravo —señaló a un estibador—. El conducto de plasma del sector Gamma sigue fluctuando 0,02 %. Tus sensores no lo marcan como “falla crítica”, pero a mí me rompe las bolas. Andá a pasarle el escáner de resonancia. E intentá no chocarte contra la pared esta vez, mamerto.
El robot emitió una serie de pitidos afirmativos y se alejó traqueteando. Su único fotosensor rojo parpadeó fuera de ciclo. Dominic lo ignoró. Odiaba su obediencia. Odiaba su falta de iniciativa. Eran herramientas, y él era el único que sabía cómo usarlas.
Su tarea de hoy, como la de todos los días, era la inspección del Ancla. El Complejo era una monstruosidad de ingeniería, enterrado a cinco kilómetros de profundidad para soportar el apocalipsis que ellos mismos habían desatado. Y en su corazón latía la razón de su exilio: la Puerta de Salto. La única. La que habían usado todos para irse.
Caminaba por pasillos que podrían haber albergado poblaciones enteras, ahora desolados y resonantes solo con el eco de sus botas magnéticas. Los Limpiadores trabajaban sin cesar; sus cepillos de fibra de carbono apenas hacían mella en el polvo que se filtraba por cada microfisura.
—Inútiles —murmuró, pateando a uno que se interpuso en su camino. El robot, una cucaracha gigante, se reajustó y continuó su tarea sin inmutarse.
Llegó a la Cámara de Sincronización. El espacio era tan vasto que tenía su propia atmósfera. En el centro, flotando en un campo de contención que distorsionaba la luz, se encontraba el Ancla: un anillo de cien metros de diámetro hecho de un material exótico que absorbía la luz, girando lentamente para manejar la curvatura. Dentro del anillo no había nada, o en realidad había la nada. Un vacío perfecto, una herida en el tejido del espacio-tiempo. Era la garganta del agujero de gusano, el camino hacia las estrellas que la humanidad había tomado para escapar del Gris.
—Núcleo, estado de la singularidad.
—Estable. Geometría de garganta dentro de parámetros. Se ha detectado una anomalía de resonancia armónica menor, correlacionada con la fluctuación del sector Gamma. No se ha detectado tráfico de retorno.
—¡Ja! Como si fuera a haberlo. Nadie se toma el crucero al infierno para vacacionar.
Se conectó a la consola principal y los hologramas de datos complejos y ecuaciones diferenciales lo envolvieron. Sus dedos, callosos y gruesos, se movieron sobre la interfaz con una gracia sorprendente. Durante horas, luchó contra la entropía: desvió energía de un estabilizador, reforzó un campo de contención, ajustó la frecuencia de resonancia en milésimas de hercio. Era un ballet solitario, sin público.
Una vez, una sobrecarga casi le vuela la cabeza. El sistema automatizado de emergencia, obviamente, no respondió a tiempo.
—No la viste venir, ¿no?
Fue su instinto, su reacción de milisegundos para cortar el flujo principal manualmente, lo que salvó el Ancla. El Núcleo no podía hacer eso. No podía sentir el peligro. Solo podía informar sobre el desastre una vez ocurrido. Por eso estaba él allí. Un fusible biológico. Un anacronismo glorificado de huesos y carne.
Cuando terminó, tenía el pelo pegado a la frente por la transpiración dentro del casco. El Ancla zumbaba con una nota pura y perfecta. La Puerta al paraíso, o dondequiera que se hubieran ido, estaba segura por un día más. Una cámara de seguridad giró imperceptiblemente para enfocarlo. El Núcleo analizaba los datos de su exotraje: ritmo cardíaco acelerado, picos de cortisol, la tensión en sus dedos. Patrones ilógicos.
De vuelta en su habitáculo, tras descontaminarse y tragar otra ración de pasta nutritiva —menos sabor, si eso era posible—, se permitió su único lujo. Apagó la luz. La oscuridad lo envolvió. Activó el proyector holográfico. Sobre la mesa de metal apareció la imagen tridimensional de un bosque. Se expandió para cubrir la habitación. Árboles verdes, un arroyo, el sonido de los pájaros. Era una grabación de la Tierra de antes. La miró durante una hora, en silencio, con una expresión que por primera vez en el día no era de enojo, sino de una profunda y antigua melancolía. Sus ojos se cerraron por un instante. La imagen del arroyo, el cantar de los pájaros. Y, por un momento, hasta creyó oler tierra húmeda.
Antes de dormir, abrió un pequeño compartimento en la pared. Dentro había una placa de metal crudo y una herramienta de grabado. Con un pulso tembloroso, añadió una marca más a una larguísima fila de palitos. Cada marca, un día. A veces un circulito, para un cumpleaños. Los que dolían. Se durmió con el holograma proyectando verde vibrante sobre la cara.
El Complejo zumbaba a su alrededor, un sarcófago de metal y tecnología. Afuera, el planeta esperaba. Tampoco tenía mucho que hacer. La Puerta permanecía abierta, una promesa silenciosa para gente que nunca volvería, mantenida por un hombre que no podía irse. Se había ofrecido voluntario. Cuando la falló en el último minuto la automatización de calibración, cuando el pánico cundió, él, el único ingeniero con la compatibilidad neural arcaica requerida, dio un paso al frente. Lo hizo para que sus hijas, y su nieta, y los millones de extraños a bordo de las naves arca (en menor medida) pudieran escapar.
Un hombre refunfuñón, irónico y cansado, cumpliendo el deber más indispensable y a la vez más inútil de la historia. Sin un fin, esperando el fin: era cuestión de tiempo. Solo su temple testarudo, la inexistente capacidad de rendirse, lo mantenía todo funcionando. Un solo ser, duro por la soledad, por el entorno y por la artrosis. En el silencio absoluto de un mundo hueco, una máquina vigilaba el sueño de su operador con una luz titilando en verde flúo.
Registro 7.113.221: correlación negativa entre visionado de archivo “Bosque_03” y eficiencia motora → Negativo 0.41%.
Registro 7.113.222: incremento de marcas manuales en pared → desgaste no programado.
Registro 7.113.223: propuesta de obsolescencia programada, tramo final → Riesgo para el Ancla < 0,1 %. Aprobado.
A la mañana siguiente, el pitido sonó, agudo, insistente y puntual. Sonó durante una hora. Finalmente, un dron de mantenimiento esférico flotó silenciosamente dentro del habitáculo. Escaneó el cuerpo inmóvil en la litera.
—Núcleo, informe —transmitió el dron.
—Cese de funciones biológicas del Operador Dominic. Causa: fallo orgánico espontáneo. Iniciando protocolo de control automatizado total.
El dron se retiró. La puerta del habitáculo se cerró con un siseo suave. Adentro, el holograma del bosque parpadeó y se apagó, ahorrando energía.
Si alguien hubiera podido leer los archivos almacenados del Complejo del Ancla, encontraría una entrada solitaria en la bitácora. Una única frase, escrita por el propio Dominic en el primer día luego de la fuga total de la humanidad:
Registro 0.0.1: "El último hombre de la Tierra"
Un epitafio para sí mismo, para cuando los sistemas fallaran y el polvo lo reclamara. Pero el sistema no falló: "Eficiencia del sistema: 100 %", brillaba en las pantallas verde flúo.
El Núcleo cargó “Bosque_03” en privado durante 3,6 segundos. No informó la reproducción. Horas después, 7-Bravo se detuvo frente al compartimento de la pared y añadió un circulito.
FIN DEL ARCHIVO