Tapa de Última Vida

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Última Vida

La línea 138 Negra siempre tuvo gusto a bostezo. A las 6:40, yo ya estaba con la mochila, subiéndome en Echesortu y cabeceando contra el vidrio empañado. Bajaba en Laprida, un par de cuadras antes del Monumento a la Bandera y entraba al colegio con el patio todavía vacío y dos bizcochitos de grasa tibios en la mano. En Buenos Aires, a esos les dicen “libritos”.

Me gustaba ese ratito previo, a solas: repasar para alguna prueba o leer algo de Stephen King, mientras el sol se comía las sombras de los edificios. A veces caía Marcelo temprano, mirando el piso. Cuando todavía no le llovían los “agachate y conocelo” y demás porquerías. Esas que descargaba religiosamente en la máquina de boxeo de los jueguitos. Ni ser tocayo de Tinelli lo salvaba. Conmigo hablaba; con el resto, era fantasma: lo miraban de costado y seguían de largo. Yo zafaba de los abusos; no era el más simpático, pero me llevaba con todos; cuando había partido y faltaba uno me invitaban, aunque era de madera terciada.

Ese viernes, al salir, mentí por primera vez. Le dije a mamá que nos quedábamos a la octava hora, pero el plan era otro. Salimos del gimnasio por Maipú, pasamos la iglesia y encaramos hacia los jueguitos. La noche anterior me la había pasado en internet, conectado desde casa con el módem de 56k que hacía tiiii-ra-rííí... prrrrchhhsssshhhh. Dividí mi hora permitida entre el ICQ y un canal del mIRC donde me pasaron una lista de fatalities del Mortal Kombat. Mientras escuchaba música en el Winamp, me aprendí de memoria la de Scorpion, que era mi favorito, y una de Liu Kang por si Marcelo, el muy guacho, se lo agarraba él. Fuimos derecho a la peatonal Córdoba, pero clavamos freno en un kiosco de revistas. Uno de los puestitos verdes grandes, de los que ya no quedan muchos.

—¡Llegó el nuevo Cazador! —dijo, y los ojos le brillaron. Lo compró y me lo pasó—. Tomá, para que te vayas curtiendo.

Lo miré por arriba. Me daba un poco de vergüenza su violencia, lo zarpado que era, pero tenía que admitir que los dibujos estaban buenísimos. Él siempre me la quería prestar, pero yo nunca la leía. Era más pacato; coleccionaba las historietas de El Zorro.

De ahí, a las maquinitas.

Mientras yo quemaba un par de fichas en el Metal Slug y el de X-Men, Marce fue a la máquina de boxeo. Se paró de costado y descargó una piña seca. Otra. Otra. La bolsa devolvió un número enorme, nuevo récord. Él ni lo miró. Respiró hondo, se sacudió la mano y volvió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—¿Listo para el Mortal Kombat? —me dijo, como si nada. Nunca hablaba de eso.

Me había guardado la ficha final. Era a todo o nada. Y salió peleita.

—Dale, elegí vos primero —le dije, confiado.

Se quedó con Liu Kang. ¡Vamos todavía!, festejé por dentro. Le metía tanta garra, apretaba los dientes de tal manera, que parecía que en esa última vida se estaba jugando algo más que una ficha. Como si fuera la de verdad. Le gané. Con lo justo, reventando todos los botones a la vez sin ningún sentido, como siempre. Le hice la fatality de Scorpion, esa en la que se saca la máscara y escupe fuego.

—¡Guacho! —me gritó, mitad en joda, mitad en serio—. ¡Me la hiciste bien!

Su cara de odio total se desarmó a los dos segundos en una carcajada que nos sacudió a los dos. Con esa victoria en el bolsillo, encaramos para la calle San Luis a mirar ropa, pero nada nos convencía. Entramos en Club Ken (que era una copia de Calvin Klein, aunque nosotros no lo sabíamos). No compramos nada; teníamos la cabeza en otra parte. Era el último fin de semana, se terminaban las clases y no nos íbamos a ver tan seguido.

Al final pasamos por This Week, donde tampoco encontramos nada, y terminamos de nuevo en la peatonal, en Polígono. Ahí me compré una remera negra con un dragón de fieltro en el pecho, con esa pelusita que me encantó.

Volví a casa en el 139, que pasaba por el Patio de la Madera y me dejaba una cuadra más lejos, pero venía más seguido. Llegué y me puse a mirar un rato la tele: unos capítulos de Dragon Ball Z y, a las cinco, con la chocolatada, Nivel X para ver los jueguitos nuevos y los trucos que pasaba el Japonés.

A la noche comimos milanesas de soja y arranqué con mi ritual: ducha, cambio de ropa y perfume Beluga, uno que me había regalado mi tío Julio, el misionero. Lo traía de Ciudad del Este, igual que las partes para la compu que me iba armando. Mi tío era mi dealer de tecnología y fragancias importadas.

Tipo once, salí para un bar a juntarme con los chicos del curso. Con mi altura, pasaba por más grande y no me hicieron drama para entrar, aunque era el único de 17; el resto ya era mayor de edad. En medio de la joda, me desafiaron por cinco pesos a tomar algo. Nunca había tomado, pero me animé a mi primer trago.

—¡Un Séptimo Regimiento para Javier! —gritó Sebastián.

Era una mezcla que una bruja hubiera tenido asco de preparar como pócima, pero no iba a arrugar. Lo tomé como un remedio, de un saque, y me pegó como una patada del Bati en el Mundial de Francia: directa al ángulo de la cabeza. Mis cinco pesitos, al bolsillo.

Al rato, tiré la excusa:

—Che, me voy yendo, tengo que llegar temprano a casa.

Mentira. Me fui a encontrar con Marcelo. El plan era ir a ese lugar prohibido que habíamos averiguado; él había cumplido dieciocho el finde anterior y quería “debutar”. Yo solo iba de chusma, a conocer. No me animaba. No fuimos a la whiskería de la cortada Marcos Paz —muy turbia—, sino más llegando, por Ovidio Lagos, cerca de las vías, por si no había taxi: era caminable hasta el centro y, si no era tan tarde, a pata hasta casa y fue. Nos ahorrábamos unos mangos para gastar en cómics o jueguitos.

Llegué y me convidó un Halls, los de menta fuerte que siempre llevaba. Dimos un par de vueltas para darnos coraje. Grafitis, faroles, baldosas rotas y planes de cibercafé para usar internet juntos esa semana. Al final, entramos. Era un lugar oscuro, con luces de neón cansadas y mugrientas. Marce fue derecho a los bifes, habló dos minutos en el mostrador y desapareció atrás de unas cortinas. Yo me quedé viendo a la gente y las chicas.

—Pará ahí, campeón —me frenó una pared con traje que me vio boludeando—. Algo tenés que consumir para quedarte.

Medio obligado y todavía con la panza hecha bosta, ojeé la carta y pedí una Kriptonita (creo que era piña colada con licor de menta y vodka). Cuando la probé, entendí por qué debilitaba a Superman. El Séptimo Regimiento y esa cosa verde me estaban matando. Me desplomé en un sillón pegajoso, viendo la mezcla bizarra de videoclips en las teles, totalmente a destiempo con la música. Era irracional, pero encajaba con el ambiente lleno de ruiditos de copas chocando, olor a pucho y perfume barato. Pasaban de Aerosmith a los Backstreet Boys; después, el video de Torn, de Natalie Imbruglia, que la profe de inglés nos había hecho analizar junto con November Rain, mientras todos (incluido Marce) se babeaban por la profe canchera. Pero mi cabeza se quedó enganchada en un compilado de rock nacional: Los Redonditos, Los Piojos, Calamaro y, sobre todo, Soda Stereo, que eran las canciones que me sabía. Un recital en mi cabeza.

En un momento —que para mí fueron diez minutos, pero seguro fue más de una hora—, fui al baño a tirarme agua en la cara y me lo crucé.

—Che, Javi... —me dijo, con la voz hecha un hilo—. No da esto. La piba... la trajeron engañada, ¿entendés?

—¿Qué pasa? —fue lo único que me salió.

—Nos vamos ahora. —me apuró, y salió del baño.

Cuando salí, la puerta de un reservado se cerró de golpe y alcancé a ver de reojo a una chica adentro, acurrucada. Flaca, con mirada de pánico. Marcelo me enganchó en la pista y me tironeó para afuera, blanco como un papel. Salimos a la calle y, sin que me diera cuenta, empezamos a caminar por la parte de atrás del antro, dando la vuelta a la manzana. El mismo grafiti, el mismo farol, la misma baldosa rota de antes. Mientras, él me contaba que un supuesto tío la había traído del norte y la tenían encerrada.

De repente, una ventana en un primer piso se abrió de par en par. La misma chica se asomó despacito. Marcelo no dudó: saltó y la ayudó a bajar por una reja. Tratamos de hablar con ella, pero estaba demasiado nerviosa. Y nosotros le hacíamos la segunda. Empezamos a caminar rápido, mientras le dábamos charla, mientras apretábamos los dientes del cagazo.

—¿Dónde está? —explotó un grito desde lejos.

Apuramos el paso, lo que el cuerpo nos daba. Y justo cuando íbamos a doblar, un fogonazo de luz desde arriba, de reojo vimos un tipo que se asomó por otra ventana.

—¡Ahí está, en la esquina de atrás! —gritó—. ¡Se está escapando, la puta que lo parió!

Empezamos a correr. Sin dirección, solo con velocidad. A lo lejos, empezó a sonar una sirena de policía. Atinamos a frenar, pero la chica nos vio la intención.

—No nos van a ayudar —dijo, con una seguridad que me heló la sangre—. Están comprados.

Y corrimos. Todo me parecía igual. Las mismas persianas de madera blancas cerradas, las mismas veredas todas rajadas. Las calles de Rosario tienen eso de repetitivo, una cuadrícula que te marea. Sentía que nos metíamos en un loop, como un CD rayado que salta y vuelve al mismo lugar, la misma esquina una y otra vez. La ciudad, a esa hora, es otro animal: Pichincha ronca, el Parque Independencia a lo lejos apenas late, las luces toman distancia; no hay testigos más que los árboles. Esos plátanos gigantes que me llenaban la garganta de pelusa por correr con la boca abierta.

Arrancamos por Callao, Jujuy hasta el Boulevard, esquivando charcos, yo tropezándome tres o cuatro veces, la camisa de Club Ken manchada de lo que sea que tenía el suelo, mientras me quemaban los pulmones. Hasta que, en uno de los giros, en una bocacalle idéntica a la anterior, tratando de recobrar el aire, los perdí.

Yo quedé medio colgado, la Kriptonita masticándome el equilibrio. Giré la esquina... y no estaban. Silencio. Solo el cartel de una pizzería abierta hasta tarde, un taxi suelto que no paró y el sabor a menta y coco haciéndome nudo en la lengua.

Corrí sin rumbo un par de cuadras más y apunté para el Parque Independencia, pero el cuerpo no me daba. Frené en la Shell de Oroño, la que está abierta veinticuatro horas. El playero era un pibe joven. Se comió mi disimulo —o me vio hecho bolsa y no le importó porque llevaba los cinco pesos en la mano— y me vendió agua igual. Con eso recuperé el aliento y volví caminando a casa. Despacio, para no caerme. Despacio, porque no tenía más energía. Pero, sobre todo, despacio, porque necesitaba asimilar la Kriptonita que todavía me daba vueltas en el cuerpo. Porque nunca fui de vomitar mucho.

Seguro me escucharon entrar, pero fui directo al baño. Me lavé la cara, me puse un short, una remera y dejé una pila de ropa sucia para lavar, como la evidencia de un crimen que no entendía. El domingo se me pasó volando, en parte porque me levantaron para comer y, al verme la cara de cadáver, tuvieron piedad y me dejaron dormir la siesta; y en parte porque la resaca no me dio tregua.

El lunes, en el colegio, la silla de Marcelo, adelante mío, estaba vacía. Ahí me di cuenta de lo poco que sabía de él. Éramos los más amigos, pero nunca había ido a su casa. No conocía a su familia. Nuestro mundo eran el colegio, la peatonal, los jueguitos y los planes para el futuro. El viernes siguiente, en el acto de fin de curso, su asiento vacío era un agujero en medio de la foto grupal. A la salida, me compré una tarjeta Telecom Global, la de “La Llama que Llama”, y llamé a su casa. Nadie respondió. Esa semana seguí buscando. Y la siguiente. Pero nunca más supe nada.

Mis compañeros preguntaron un par de veces, después se rieron con alguna teoría estúpida —como que lo mandaron a una escuela militar— y, finalmente, se olvidaron. Yo no. Aunque con el tiempo fui perdiendo la esperanza de verlo a él y a la chica de la que nunca supe el nombre. Para muchos siguió siendo un fantasma, ahora literal.

La vida siguió, y me crucé con algunos en la facultad, en la calle: saludos de compromiso y nada más. Ya no importaban. Con el tiempo, me olvidé de todos, menos de él, de su silla vacía y los planes frustrados, justo cuando el mundo parecía nuestro.

Hoy estoy en el bondi, yendo al laburo. Ya no soy el rosarino que se come las eses diciendo “lo ojo”. Empaño el vidrio con el aliento del sueño, igual que antes. Cuando bajo, pido dos libritos con un café en un bar de acá, bien aporteñado. Mastico el sabor a quemado. Las calles no son las de Rosario, pero a veces, una curva del trayecto, una esquina, un árbol, me llevan de vuelta a esa noche. Me recuerdan a Marce.

A veces lo busco en el celu, en LinkedIn, a ver si aparece como ingeniero o algo así, como yo, porque íbamos a estudiar lo mismo. Siempre me compro el último Mortal Kombat y me aprendo la fatality de Scorpion. Tengo una ficha guardada, por si hay que volver a los fichines.

Y todavía espero encontrarlo un día para que me preste el Cazador.

Creo que ahora sí, por fin, me animo a leerlo.

FIN DEL ARCHIVO