Tapa de Pueblo de Nadie

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Pueblo de Nadie

Te acordás, ¿no? Ese camino. No era una ruta, digamos la verdad, era una promesa hecha de parches y buena voluntad. La autopista te dejaba ahí, en la puerta de esa cinta gris maltratada que se hundía bajo el peso de camiones fantasmas, camiones que iban a buscar sabe Dios qué cosa a sabe Dios dónde. Y para vos, para ustedes, era música. Era el preludio. El TuTuk Tutuk de las ruedas rebotando en las montañas de brea era la batería marcando el compás de la llegada. TuTuk Tutuk... una loma. TuTuk Tutuk... otra. El corazón galopando al mismo ritmo, acercándose a ese lugar que era tuyo, que era de ellos.

Amabas ese ritual del viaje, esa danza involuntaria del auto que te mecía hacia la infancia.

Te acordás de la casa. Vieja, sí. Con ese olor inconfundible a humedad, a paredes que respiraron incontables inviernos y veranos cargados de lluvia. Pero no era un olor feo. Era el perfume de lo conocido, de la historia quieta. La veías de lejos, inconfundible. Mientras otras casas buscaban la discreción del blanco o el gris, la de ellos era un grito de color en medio del verde y el marrón: naranja en las paredes, y ese rojo oscuro, casi bordó, en las ventanas y la puerta, como dos ojos y una boca esperando tu llegada. Y la selva de la abuela en el frente, un jardín caótico y vital que tenías que atravesar por un caminito recto hasta la puerta. Hasta el abrazo.

Querías esa casa más que a ninguna otra del pueblo, aunque no fuera la de dos plantas como la de la esquina, ni la tan grande como la de la vuelta. Era la tuya. Era la de ellos.

Ibas a lo de Daniel. Claro que ibas. Caminabas unas cuadras más, era más lejos y cruzando calles que no eran calles sino caminos de tierra y piedra, porque su kiosco era distinto. Olía rico, a golosinas y colores. Y tenía de todo, o al menos eso te parecía a vos. Era más alegre. Y ahí estaban los preferidos de todos, los confites Bananita esperándote. Un lujo en bolsita, una conquista de azúcar y colorantes en una tarde cualquiera.

Adorabas esos pequeños desvíos, esas travesías que hacían del pueblo un mapa de tesoros escondidos.

El abuelo. ¿Cómo olvidar sus dos religiones en paralelo?: escuchar a River en la radio y apostar en la Quiniela "Extra Oficial". Ese cuaderno gastado naranja de tapa blanda, la birome siempre lista enganchada. Anotando números con una fe inquebrantable: cumpleaños, patentes, sueños, corazonadas. "A la cabeza", "a los diez", "dos cifras", "tres cifras". Y la emoción extra, ¡pagaba setenta veces a las dos cifras! 10 más que la oficial. Era el juego del pueblo, de los pueblos que estaban desconectados pero aferrados a una esperanza anotada a mano, un pacto secreto entre vecinos.

Te encantaba ese mundo paralelo de números y suerte compartida, esa pequeña rebeldía contra lo establecido. De escuchar el mundo exterior pero seguir mudos.

Juntarse con René. El vecino flaco, de anteojos, no el mago famoso. Que vivía en esa casa blanca imponente cpn detalles en verde inglés, que parecía una oficina pública perdida.

¿Cómo olvidar la misión? Dientes de cosechadora. Una remachadora. Y la transformación: de simples pedazos de metal oxidado a estrellas ninja. Pesadas, toscas, peligrosamente efectivas. Los eucaliptos del bosque de la estación eran los enemigos perfectos. Correr, lanzar, sentir el ¡tac! satisfactorio cuando se clavaban en la corteza. Horas de peligro inconsciente, de adrenalina pura, lejos de cualquier advertencia adulta. ¡Qué bien la pasabas!

Disfrutabas como un loco esa libertad salvaje, esa capacidad de inventar aventuras con lo que tuvieran a mano.

Caminabas por ese sendero que se perdía donde el pueblo se rendía al campo. Literalmente. Las últimas casas se disolvían entre los sembradíos. Si mirabas atrás, el pueblo parecía camuflado, una isla rodeada por un mar de naturaleza. Y ustedes ahí, levantando polvo en el camino, solos, como en una película épica de gladiadores. Frenando a mancharse los dedos y la boca con moras silvestres que ofrecían sombra y sabor. El viento peinando el trigo, dibujando olas doradas que se movían hasta el horizonte. Sentirse pequeño e inmenso a la vez. Libre.

Te perdías en esa sensación de estar en la frontera del mundo conocido, abrazado por la naturaleza.

La abuela y su ritual de belleza: la "Toca". Iba con su bicicleta violeta y canasto blanco a la peluquería improvisada que atendía su proveedora de huevos. Los mejores huevos, aseguraba. Secador en mano. Y el consejo sagrado: "Ni se te ocurra lavarlos o meterlos en la heladera, nene. Así duran más". Sabiduría de pueblo, transmitida entre ruleros.

Apreciabas esa red invisible de favores y conocimientos que tejía la vida cotidiana.

La fe verdadera era dejar los sifones vacíos en la puerta. Sabiendo que el sodero pasaba y las cambiaba por otras llenas. Siempre. Era una certeza más sólida que cualquier dogma. Porque el abuelo no podía quedarse sin soda para "bajar" el vino de caja. "Es igual de rico y mucho más barato", sentenciaba. El sifón Drago cromado era para emergencias, un lujo reservado para catástrofes hídricas o visitas inesperadas. La garrafita de gas para recargarlo era cara, mejor cuidarla.

Venerabas esa confianza ciega en la rutina, en los personajes que, como el sodero, mantenían el mundo en su eje.

Marino. El almacén de la vuelta. El lugar seguro al que te mandaban de chico porque no había que cruzar calles peligrosas. ¿Peligrosas? Si lo más probable era que te corriera una gallina suelta o un perro amigable. Marino te cargaba la garrafita del Drago si la emergencia llegaba, te cortaba fiambre, o abría esas latas enormes con ventana de vidrio y, con una bolsita de papel madera, te despachaba un cuarto de galletitas. Vos siempre elegías los anillitos. ¿Por qué? Porque sí. Porque eran los de siempre.

Saboreabas la simpleza de esos mandados, la confianza depositada en tus pasos cortos.

Cruzando "Del otro lado", más allá de las vías muertas que partían el pueblo en dos mitades silenciosas, estaba el Polirrubro. Modernidad y caos. El templo de lo ecléctico. Atiborrado de cosas, desde un hilo de coser hasta ollas a presión, pasando por herramientas y esas baratijas chinas que hoy encontrás en cualquier lado pero que entonces te parecían tesoros exóticos. Y lo más importante: ¡tenía cebitas! Para tu revólver de juguete. Ese artefacto hoy impensable, prohibido por psicólogos y pedagogos, pero que te convertía en Sheriff, en detective, en el héroe que el juego del momento necesitara.

Te fascinaba ese universo de posibilidades que ofrecía el Polirrubro, la promesa de aventura en un paquetito de cebitas.

El bosque de eucaliptos junto a la estación. Siempre estuvo ahí, un pulmón verde y aromático. Hasta que el tren dejó de venir y alguien decidió que la madera valía más que la sombra y el escondite. Lo cortaron. Pero dejaron algo atrás: la pila de durmientes. Maderas nobles, pesadas, testigos del pasado ferroviario. Apiladas junto a uno de esos galpones gigantes con olor a veneno para ratas. Del otro lado de la vía, la estación abandonada, la casa del cuidador y un gallinero de aves malhumoradas. Cuando ya no pudieron hacer casitas con ramas, se dedicaron a mover esos bloques de madera. Refugios sólidos, fortalezas, cuevas secretas. Un trabajo de titanes infantiles.

Construías no solo refugios, sino también recuerdos imborrables entre esas maderas pesadas.

Y cuando el bosque se fue, el descampado se llenó de pasto y, a veces, de visitas inesperadas: vacas, caballos pastando. Y con ellos, llegó un nuevo entretenimiento, brutal y desopilante: las granadas de bosta. Esas bolas verdes, secas por fuera, que al impactar (preferentemente en la espalda de un amigo distraído) explotaban en una nube de polvo con olor a campo y a... bueno, a bosta. Volvías a casa más verde que Hulk, cansado, oliendo a establo, pero con la risa todavía dibujada en la cara.

Te reías hasta que te dolía la panza con esa guerra sucia y primitiva.

Como te reías con la lluvia. Cuando las calles de tierra y piedra se transformaban en lagunas marrones, en piletas improvisadas. Y te dejaban. ¡Te dejaban saltar en los charcos desde la vereda! Empaparte, embarrarte hasta las orejas. El regador municipal pasaba en días secos, intentando aplacar el polvo ocre que levantaban los pocos camiones, para que las casas no fueran enterradas. Pero la lluvia era una fiesta anárquica.

Celebrabas el barro y el agua como si fueran los mejores regalos.

La Ferretería, pasando la panadería una cuadra, donde a veces encargaban el lechón si el abuelo no podía por trabajo o por la lluvia. Un lugar extraño para tu lógica infantil. Iban tipos de overol a comprar cadenas para motosierras, repuestos de tractor. Y vos necesitabas diez clavos para arreglar algo con el abuelo. ¡Y el ferretero te los pesaba! Clavos grandes, chicos, tornillos... ¡todo por kilo! Un disparate.

Te maravillaba ese orden adulto tan distinto al tuyo, donde hasta los clavos tenían su peso.

¿Raquel, la vecina? La conocías más por sus gritos que por su cara. "¡Nena, vení que te peino!", le decía a la hija para engatuzarla después de alguna travesura. Y la nena caía. En el almacén, era la señora que siempre compraba shampoo y crema en sobrecitos.

Escuchabas los ecos de las vidas ajenas, fragmentos de historias que flotaban en el aire del pueblo. Pequeños detalles que pintaban personajes en tu memoria.

La hermana de la abuela que trabajaba en el club. Ese edificio multifunción: deportes, bingo, restaurante, salón de fiestas. Siempre había una excusa para pasar. Aunque la cancha y la pileta, que estaban un poco más allá, eran más visitadas en verano. Pero el bingo tenía su encanto: los cartones de colores, la voz cantando los números, y tu abuela controlando sus cartones y los de toda la mesa con una concentración absoluta.

Compartías esos momentos de tensión lúdica, de esperanza colectiva alrededor de un bolillero destartalado.

El banco, en el centro. Bah! En esa cuadra: el banco, el polirrubro. A una cuadra doblando, el club. A una cuadra derecho, la plaza y la iglesia. Ahí ibas con el abuelo a cobrar la pensión o a pagar la cuota de la Cooperativa. La Cooperativa. El corazón del pueblo. El supermercado con aire acondicionado, con la mayor variedad. El lugar de encuentro del paisano, del vecino, del forastero. En la esquina estratégica, donde la calle que venía de la ruta se encontraba con la avenida principal de tierra “mejorada” con piedras. A tres cuadras de la casa de los abuelos, ¡lejísimo! Pero era el latido final, el que sostenía todo.

Sentías la importancia de esos lugares, los nodos que mantenían viva la red del pueblo.

Pero sobre todo, recordás las Navidades. Ese era el punto culminante. El momento sagrado. La familia reunida. La mesa larga, el ruido de platos y risas. Los regalos. ¿Sobraban risas? No, eran las justas, las necesarias para grabar ese instante a fuego lento en la memoria. Los "cuetes". Se decía así, y se tiraban. Había que espantar a los perros para que no los buscaran, no encerrarlos por miedo. Otros tiempos. ¿Otros perros? Alguna cañita voladora sin palito que se colaba en el comedor, llenando todo de humo, asustando a todos, mientras tu tío lloraba de risa y el abuelo lo retaba: "¡Estás loco, vas a incendiar el rancho!". Después se le pasaba con otro vaso de vino y un pedazo más de lechón o de la ensalada rusa de la abuela.

Anhelabas esas noches mágicas de caos familiar y felicidad compartida.

Y afuera, la noche de verano. Las polillas gigantes danzando hipnotizadas alrededor del reflector del vecino que apuntaba a su césped perfecto. Y ustedes, corriendo entre cascarudos, bichos voladores no identificados. Cruzando enfrente, llegaba el pasto desde la estación, casi invisible en la oscuridad, para atrapar luciérnagas. Bichitos de luz. Todavía había tantos... Decoraban la noche mejor que cualquier tira de lucecitas en el arbolito. Pequeñas linternas mágicas parpadeando en la inmensidad.

Atrapabas no solo insectos luminosos, sino también la esencia de esas noches irrepetibles.

Cada llegada esa tarde era un reencuentro. Abrazos que estrujaban, sinceros, felices. La certeza de que por unas horas, hasta el mediodía siguiente, todo iba a estar bien. El corazón libre, corriendo descalzo por el pasto, por los recuerdos. Una vez al año. Y para siempre.

Guardaste cada abrazo, cada risa, cada luz de luciérnaga como un tesoro invaluable.

Ella se fue primero. La abuela. Arraigada a ese pueblo que fue su mundo entero. Él se fue después, ya lejos del pueblo físicamente, pero quizás nunca del todo en espíritu.

Y ahora... ahora recordás todo esto. Recordás el TuTuk Tutuk, el olor a humedad, los anillitos de Marino, las estrellas ninja, la bosta voladora, las luces de Navidad y las luciérnagas.

Pero ya no volvés. ¿Para qué? El pueblo sigue ahí, seguramente más apagado, más perdido. Los negocios tendrán otros dueños, si es que siguen abiertos. La casa naranja y bordó quizás tenga otro color, u otros fantasmas. Las calles seguirán ahí, pero ya no esperan tus pies saltando en los charcos.

Te das cuenta ahora. No era solo el lugar. Eran ellos. Eran las risas compartidas, la quiniela del abuelo, los consejos de la abuela, las Navidades ruidosas. El bamboleo de las manos en el aire despidiéndote a lo lejos. Sin ellos, el pueblo es solo eso, un pueblo. Un punto en un mapa que ya no lleva a ningún lugar que reconozcas como tuyo.

Amás, quisiste, adoraste, disfrutaste, veneraste, celebraste... Viviste ahí una vida entera en fragmentos de tiempo.

Y ahora, ese pueblo que tanto amaste, ese pueblo tuyo, ya no es de nadie.

Solo existe aquí. En esta memoria que te visita. En este cuento que te contás a vos mismo para no olvidar de dónde vienen algunas de tus cicatrices más queridas, y todas tus mejores sonrisas. Ya no vas. Solo recordás. Y a veces, duele tanto como ilumina.

FIN DEL ARCHIVO