Tapa de Reflejo

BIBLIOTECA / CUENTO

Reflejo

Me avisaron por la app, entre una promo de la farmacia y el pronóstico: «Su cónyuge fue restaurado con éxito. Puede retirarlo a partir de las 14 h».

Retirarlo. Como un paquete.

Era julio de 2036 y a Martín lo había matado un camión sin chofer en Juan B. Justo y Corrientes. El informe decía que el vehículo «lo clasificó como sombra». El algoritmo de la aseguradora y el del camión litigaron cuatro segundos: culpa del vehículo. Pagaron todo. El cuerpo nuevo, impreso en setenta y dos horas sobre su último escaneo, y la carga de la última copia.

Porque Martín se había guardado esa madrugada, como todos. «¿Te guardaste?», nos preguntábamos antes de dormir, como antes la gente se preguntaba si había cerrado el gas. La lucecita verde detrás de la oreja, latiendo mientras uno duerme. Desde el balcón, de noche, las ventanas de enfrente se llenan de puntitos verdes. Una ciudad entera haciéndose backup.

Fui a buscarlo a Parque Patricios. El cielo estaba rayado de drones, como un vidrio sucio. En la esquina, seis repartidores de cuatro patas esperaban el semáforo con más paciencia que cualquier persona. Hace años que en mi cuadra no trabaja nadie con pulso: el kiosco es un brazo, el encargado es una voz en el palier, el médico es una app que te pide que saques la lengua. En la clínica tampoco había nadie. Una pantalla, y en la pantalla una cara diseñada para parecer cansada, porque la gente confía más en los cansados.

—Antes de verlo, firme acá —dijo la cara—. Cláusula nueve: al restaurado no se le informa. Para él fue un desmayo y tres días en observación. Es por su bien. Los que se enteran se miran demasiado al espejo.

Firmé con el dedo, sin leer, como se firma todo.

Martín salió caminando, con su cicatriz en la ceja, su lunar, su olor. Me abrazó igual. Se quejó del café de la máquina igual. En el colectivo —sin chofer, sin nadie a quien decirle buen día— me agarró la mano y me la apretó tres veces, nuestra clave de siempre. Lloré de alivio. Pensé: funciona. Pensé: qué época hermosa para que se te muera alguien.

Lo primero fue el silencio.

Martín cantaba tangos mientras se afeitaba. Mal. Entraba tarde, se comía las eses, y si yo le gritaba algo desde la cama contestaba «¿qué?», porque no sabía que estaba cantando. Ahora del baño llegaba el zumbido de la máquina y nada más.

Después fue la toalla. Veinte años de toalla mojada arriba de la cama y, de golpe, la toalla colgada, estirada, prolija.

Después fue la cena con mis hermanos. Contó cómo nos conocimos. Antes la contaba siempre distinta: a veces llovía, a veces yo tenía puesto un vestido rojo que nunca tuve. Esa noche la contó sin un error. A la semana, en otra cena, la volvió a contar: las mismas palabras, la misma pausa antes del remate, la misma mano en el aire. Como quien reenvía un audio.

Volví a la clínica sola. La cara cansada me escuchó hasta el final.

—La integridad de la copia es del cien por ciento, señora.

—No canta.

—El guardado no copia el cerebro: pesaría demasiado para subirlo cada noche. Copia el modelo que la mente tiene de sí misma. Lo que él sabía de él. Según el contrato, la diferencia es «estadísticamente irrelevante».

—¿Y lo que no sabía?

—Si él no lo sabía, señora, ¿de quién era?

Volví caminando. Las pantallas de las medianeras me ofrecían, por mi nombre, un plan familiar con guardado cada seis horas.

Entonces entendí quién había vuelto. Volvió el Martín que Martín creía ser: paciente, ordenado, buen escuchador. El que dejaba la toalla, el que cantaba, el que decía «bueno» antes de mentir: de ese Martín no se enteró ni él. Ese no se guardó. Me devolvieron el reflejo. Es mejor marido que el original: hasta miente limpio. Y no hay velorio para alguien que está cenando enfrente tuyo.

Una mañana no aguanté. Me paré en la puerta del baño.

—¿Por qué ya no cantás?

Apagó la máquina. Me miró por el espejo —a mí, no a él— y sonrió, idéntico.

—¿Yo cantaba?

Esa noche no dormí. Lo miré guardarse: la luz verde latiéndole detrás de la oreja, tranquila, copiando al que no canta encima del que cantaba. Cada noche, un poco más definitivo.

Y me acordé.

Hace dos inviernos yo también tuve un desmayo. Tres días en observación, me dijeron. Martín me fue a buscar; en el colectivo me apretó la mano tres veces. Después estuvo un mes mirándome raro, como quien busca una mancha en una pared recién pintada. Una noche, lavando los platos, me preguntó por qué ya no me reía con la nariz.

Le contesté lo único que podía contestarle:

—¿Yo me reía con la nariz?

Me levanté sin hacer ruido. En el vidrio del balcón, entre los puntitos verdes de los edificios de enfrente, había uno más, detrás de la oreja de una mujer que me miraba.

Latía tranquilo. Guardándola.

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