Tapa de La Hidráulica

BIBLIOTECA / CUENTO

La Hidráulica

Finalista del Mundial de Escritura 2026

La luz del baño parpadeaba con esa cadencia de fluorescente moribundo que en algún momento de la noche, si uno se queda mirando, hipnotiza y te deja con los ojos abiertos como lemur después de un cafecito. Verde-blanco, verde-blanco, verde-blanco, y un zumbido finito de fondo, como un mosquito que nunca termina de aterrizar, bastante insoportable. El pibe entró con la campera cruzada en el brazo y se la quedó mirando dos segundos más de la cuenta. Después bajó la vista al piso. Cerámica blanca con manchas que ya no se iban a ir, ni tampoco se iba a saber nunca de qué fueron.

Olía a naftalina meada. Esa era la fórmula exacta que te remonta siempre a ese lugar. Naftalina meada con un fondo de pino sintético, Lysoform de los baratos, y por encima de todo eso, abajo, casi en el subsuelo del olor, el olor real, el químico, el indecible. Habían tratado de tapar la cosa con todos los olores del mundo y la cosa seguía ahí, más vieja que el cartel de "agradecemos su higiene" pegado con cinta de embalar arriba del espejo ya casi ilegible del tiempo y las mojadas.

Cuatro mingitorios. Tres pastillas azules disolviéndose como caramelos olvidados en la boca. Una manchita amarilla, ya seca, sobre el zócalo. Cero ventanas. Un extractor que giraba con un ruido de cojinete fundido, sin extraer nada. Pura facha.

Eran las tres y diecisiete de la mañana. Lo sabía porque lo había mirado en el reloj del auto antes de bajarse, y porque desde que se había ido de la casa miraba la hora cada cinco minutos como si el tiempo le fuera a contestar algo. Tres y diecisiete. Estación de servicio YPF, kilómetro tres veinte de la Ruta 2, justo después de la rotonda esa donde el cartel de Maipú está siempre torcido. El playón vacío menos por un camión de Coca-Cola con un camionero gordo dormido al volante del otro lado y por una camioneta vieja, una Falcon rural, que él había visto desde adentro del Duna y le había parecido una de esas cosas que ya no existen.

Eligió el segundo mingitorio empezando por la izquierda. El primero tenía la pastilla disuelta a más de la mitad. El segundo, intacta. Una jerarquía que lo dominaba. Bajó el cierre. Suspiró. Posición. Encaró.

Y ahí, justo ahí, cuando el cuerpo le estaba mandando la primera señal de que sí, de que después de tres horas de manejo iba a ser posible, la puerta del baño se abrió con esa lentitud de las puertas pesadas que tienen el resorte gastado y merecen estar en la bóveda de un banco.

Entró un tipo. Setenta y pico, calculó sin mirarlo del todo, con esa visión periférica que se desarrolla en los baños públicos y en las cárceles. Boina de paño, gris, con el alita un poco bajada de adelante, como si lo hubiera usado para tapar la cara en un velorio reciente. Rompevientos azul marino arriba de una camisa a cuadros. Termo Lumilagro bajo el sobaco izquierdo. Manos manchadas. Una alianza ancha, gastada, con la pátina opaca de los anillos que ya no se sacan ni para lavarse y las rayas de una vida de cautiverio dedil.

El tipo se quedó un segundo en la puerta. Hizo el recorrido visual. Cuatro mingitorios, uno ocupado. Y eligió, por supuesto, el de al lado.

El pibe lo registró sin moverse. Bueno. Bueno bueno bueno. De todos los mingitorios del Conurbano profundo, el viejo eligió el que tenía un humano respirándole al lado. Cosa de viejos. Es como si necesitaran constatar que el cuerpo del otro sigue funcionando. Que la vejiga sigue siendo un órgano compartido por la especie. Qué sé yo.

—Hay un frío hijo de puta esta noche, ¿no, pibe?

El viejo lo dijo sin mirarlo, mientras se acomodaba el termo en la repisita arriba del mingitorio, ese estante de cerámica que en algunos baños hay y nadie sabe para qué carajo está. Bueno, ahí está, es para poner el termo. El tipo no esperaba respuesta, así que se quedó ahí, sereno, como si fuera lo más natural del mundo orinar con un Lumilagro de testigo. Así que un poco se sorprendió al escucharlo:

—Sí —dijo el pibe—. Está jodido.

—La humedad, eso es lo peor. Yo no le tengo miedo al frío seco. El frío seco te aclara las ideas. La humedad te las pudre. ¿Vos venís de dónde?

—De Capital.

—¿Y vas?

—A Necochea.

El viejo silbó bajito, una nota larga, sin entusiasmo.

—Mirá vos. Necochea a las tres de la mañana. ¿Trabajás allá?

—No.

—Familia.

—No. Bueno, sí. O sea, tengo familia, pero no es por la familia.

—Ajá.

El viejo no insistió. Cosa de viejos, también. No insisten porque saben que si esperan, le dan el termo, el sombrero, los dos cuadrados de la puerta del baño, el tiempo va a hacer el trabajo de la pregunta. El pibe lo sintió pero no cedió. Se concentró. Le costaba. Tres horas de manejo, una furia que había viajado con él en el asiento del acompañante todo el camino, y ahora el cuerpo que no soltaba. El cuerpo es un boludo. El cuerpo es un boludo enorme.

Click!

Fue un click finito, casi inaudible bajo el ruido del extractor. El pibe pensó que se había imaginado.

Click! Whirr! Click!

Después un zumbido más grave, como el de un motor chiquito que arranca y se acomoda. Y después un tono, un BLING! de notificación, exactamente igual al de los WhatsApp del laburo, una de esas dos notas que en otra vida significaban "alguien te necesita".

El pibe giró apenas la cabeza, un milímetro, lo justo para que el ojo izquierdo registrara al viejo de costado sin que pareciera que estaba mirándole abajo. El viejo estaba meando, sí, en posición canónica, con la mano derecha cumpliendo su función milenaria. Pero con la izquierda estaba mirando un dispositivo. Un dispositivo. En el baño. A las tres de la mañana. Un cuadradito chiquito, como un reloj con pantalla, que tenía atado a la muñeca con una pulserita elástica de las de gimnasio, y le emitía una lucecita verde tenue.

El viejo lo apretó. Se apagó la lucecita.

—Disculpame, pibe, esto a veces hace ruido.

El pibe miró firme al frente, a la pared azulejada con un grafiti hecho con marcador indeleble que decía MARTITA TE AMO TODAVÍA y abajo, en otra letra, distinta, mucho más desprolija, Raúl te entrega el orto, llamalo al 55443992.

—No, tranqui. Ni escuché.

Whirr!

—La concha de la lora —dijo el viejo, suave, casi cariñoso, como quien le habla a un perro viejo que se hizo pis en la alfombra—. Esperá, pibe, esperá.

Y entonces hizo una cosa que el pibe no se iba a olvidar nunca, ni cuando fuera viejo, ni cuando estuviera en el lecho de muerte con sus nietos alrededor preguntándole "abuelo, ¿alguna vez viviste un momento que te haya cambiado?". El viejo soltó al amigo. Lo soltó. Lo dejó ahí, en mitad de su tarea, abandonado a la inercia, y con las dos manos libres se puso a manipular el dispositivo de la muñeca y a hacer gestos en el aire como si estuviera explicándole un partido de fútbol a un sordo.

—Es que tiene esto del Bluetooth, ¿viste? A veces se descalibra. Yo le digo "Aníbal" —porque pense que mi mujer diría que era un “tocayo” mío, por la cara de pingo—, yo le grito "Hacéme un favor, ahora no", y el aparato no me escucha porque el Bluetooth está conectado al estéreo del auto, que lo dejé prendido afuera. ¿Entendés? Entonces le tengo que apagar el Bluetooth desde acá. Manualmente.

El pibe asintió de costado pero no entendió un carajo, sin girar la cabeza, mientras inclinaba todo el torso treinta grados a la derecha para que el panorama lateral del viejo desapareciera de su campo visual. Apuntó al fondo del mingitorio con una determinación que rozaba lo militar. Si entraba alguien ahora, si entraba alguien y veía esto —el viejo con las dos manos en el aire haciendo señas al cielo y al amigo trabajando solo abajo, y él al lado en posición de torcedura de columna, con la pija escondida bajo la línea de la cadera como un fugitivo—, si entraba alguien y veía esto, no iba a haber explicación. No iba a haber explicación posible. La realidad iba a ganar.

—Listo —dijo el viejo—. Apagado. Disculpá, pibe. Es que esto se conecta a todo. A todo. ¿Vos sabés que la semana pasada le envió un mensajito al estéreo del auto y arrancó a leer en voz alta "Don Aníbal, su vejiga ha alcanzado el setenta y ocho por ciento de su capacidad"? Mi cuñada iba en el asiento de atrás. Mi cuñada, pibe. Una mujer de iglesia.

—Eh... —dijo el pibe.

—Bueno, sigamos.

Y el viejo, con la tranquilidad de un mecánico que vuelve al motor después de buscar una llave, retomó la posición, la mano en su lugar, todo en orden. Como si nada. Como si las manos al aire fueran un protocolo natural del baño público a las tres de la mañana.

—Disculpá la curiosidad —dijo el pibe, que se había prometido a sí mismo no preguntar, no preguntar, no preguntar, pero la pregunta le salió igual, porque hay preguntas que son más fuertes que uno—. ¿Qué es eso?

—¿Esto? —el viejo mostró el cuadradito de la muñeca, lo giró al lado del pibe como un joyero exhibiendo una alianza—. El control.

—¿El control de qué?

El viejo lo miró por primera vez en serio, una mirada lateral pero plena, una mirada que decía pibe, ¿en serio me estás preguntando? y al mismo tiempo qué bueno que me preguntás, hace meses que nadie me pregunta.

—Próstata, m'hijo.

—Ah.

—Cáncer.

—Uh.

—Hace tres años. Me lo agarraron a tiempo. Me operaron en el Italiano. Me sacaron toda la próstata, me dejaron el resto. Pero la cosa es que la mecánica de uno, ya no era la mecánica de uno, ¿se entiende? Goteo. Pérdida. Levantarse cuatro veces por noche y no llegar siempre. Una cosa indigna. Indigna, pibe. Vos sos pibe todavía, no sabés lo que es perder la dignidad gota a gota. Yo tampoco lo sabía. Resulta que la dignidad es como el aceite del motor: se va por una pérdida chiquita y un día abrís el capó y no hay más.

El pibe no contestó. Tampoco le pareció necesario contestar. El viejo siguió.

—Bueno, mi nuera trabaja en una clínica privada, una de esas que importan cosas. Y un día viene y me dice, "suegro, ¿usted estaría dispuesto a probar una cosa nueva?". Y yo le dije "nena, a esta altura yo estoy dispuesto a probar lo que quieras, mientras no sea iglesia evangélica". Y me trajo esto.

Levantó el brazo. El cuadradito brilló suave bajo la luz fluorescente.

—Es GaChin, ¿la conocés? Coreana. Como casi todo lo bueno y casi todo lo triste.

—No.

—Es una prótesis urológica. Va por adentro. Toda. Toda adentro. —Jejeje, se rió solo como un chico que hace un chiste escatológico—. No se ve nada. Pero adentro es un quilombo, pibe. Hay una bomba, hay una válvula con sensor, hay un reservorio chiquito, hay un cable de fibra óptica

—fibra óptica, ¿podés creer?— que conecta todo. Y arriba, el control. La pulsera esta. Es una “smart prosthesis”, dice el manual. Smart. Como los televisores. Como los teléfonos. Yo tengo el bicho smart, pibe. ¿Vos a los veinticinco años te imaginabas que ibas a llegar a viejo y tener el pirulo smart?

—No, la verdad que no.

—Yo tampoco. Yo me imaginaba que iba a llegar a viejo y tener artrosis y un nieto y un perro. No me imaginaba esto. Pero acá estamos.

El viejo se movió un poco, acomodándose. El Whirr! volvió, más suave esta vez, como una heladera vieja que se calma.

—Tiene modos —dijo, y al pibe le pareció que en la voz se le metió algo, una nota nueva, casi un orgullo de dueño de Ford 0km—. Tiene cinco modos. Tiene el modo cascada, para cuando estás apurado. Tiene el modo arroyo, que es el por defecto, una cosa pareja, civilizada. Tiene el modo glaciar, que es para cuando estás en un asado y tenés que durar mucho rato sin levantarte. Tiene el modo Patagónico, que es presión alta, para cuando estás en el campo y querés mear bien lejos o contraviento. Y tiene el modo Polaco.

—¿Modo Polaco?

—Sí. Ese es el modo que yo le pedí que me programaran. Es a pedido. Cuesta aparte. Mi nuera me lo cargó como regalo de cumpleaños.

—¿Y qué hace?

—Es presión irregular, ¿viste? Como meaba yo antes, mal, con interrupciones, salpicando un poco. Como un hombre. Tengo que apretar el botón del medio dos veces para activarlo. Pero lo uso poco. Es como tener un Falcon en el garage. Te gusta saber que está, pero no lo sacás todos los días.

El pibe se mordió el labio de adentro para no reírse. No por burla. Por nervios, casi. Por un agradecimiento medio loco de estar siendo testigo de algo que después, en otra parte de su vida, en una cena, en una sobremesa, no iba a poder contar de manera que sonara real.

—Pero, ¿sabés qué es lo peor, pibe? —dijo el viejo, y la voz le cambió otra vez, se le bajó un tono.

—¿Qué?

—No es lo mismo.

El viejo se quedó callado. El extractor seguía con su cojinete podrido. La pastilla azul del mingitorio del pibe se había encogido un milímetro más. Afuera, en algún lugar de la Ruta, un camión hizo cambio largo y se fue mezclando con el silencio.

—Mirá, pibe. Yo antes meaba como un hombre. Mal. Irregular. Salpicaba a veces. Tenía que sacudirla. Tenía que esperar un poco si estaba muy lleno, porque al principio no salía. Una vez en un asado en Pilar yo no pude mear durante dos horas porque había mucha gente y me trababa. Después me iba a mi casa y meaba largo, raro, descomprimía. El cuerpo era un misterio. ¿Me seguís?

—Sí.

—Ahora no. Ahora soy un sistema de riego por goteo. Tengo eficiencia hídrica, pibe. Yo. Eficiencia hídrica. La app me dice "Don Aníbal, su sesión de micción ha alcanzado el ochenta y dos por ciento de eficiencia. ¿Desea compartir su resultado?". Compartir mi resultado, pibe. ¿Compartir con quién? ¿Con mi cuñada la de la iglesia? ¿Con mi nieto que tiene seis años? El aparato me ofrece compartirlo en redes. Compartir en redes. Yo, un hombre de la generación que aprendió a mear en un patio con gallinas mirando, comparto mi micción en Instagram. Me cago de risa, pibe. Y me cago de tristeza también.

El pibe no se había dado cuenta, pero hacía un rato largo que no estaba meando. Estaba escuchando. La cosa había arrancado y se había detenido y él ya no sabía si iba a poder retomar. Pero no se movió. Quedarse quieto le pareció lo correcto. Mientras se le congelaba un poco la chota por tenerla al aire y sin uso.

—Yo no quería rendimiento —dijo el viejo, casi bajito—. Yo quería mear y volver a la cama con mi mujer.

Después se quedó callado. Apretó un botón del cuadradito. Cambió algo. El Whirr! cambió de tono. Modo arroyo, pensó el pibe, sin saber por qué. Modo arroyo civilizado.

—¿Y... su señora? —preguntó el pibe, con la voz medio quebrada por la cosa rara que se le estaba acumulando en la garganta, una mezcla de gracia y de pena y de incomodidad pura.

—Hace once años, tres meses.

—Uh, perdón.

—No. Tranqui. Está bien. Es así.

El viejo no agregó nada. No dijo cómo, no dijo dónde, no dijo nada. Once años, tres meses. Esa era la información. Después se quedó callado un rato largo, terminando lo suyo, ajustando algo en la muñeca. El pibe escuchó el BLING! de la notificación una vez más, suave, y al viejo bufar bajito, como quien recibe un mensaje de su propio pingo y sabe lo que dice.

Y entonces el viejo dijo, sin mirarlo, sin cambio de tono, como si lo hubiera tenido guardado desde el principio:

—Y vos qué hacés acá a las tres de la mañana, pibe. Solo. Manejando un Duna.

El pibe pegó un saltito. Apenas.

—¿Cómo sabe que tengo un Duna?

—Porque te vi entrar. Hace tres horas que estoy en el playón fumando, esperando que pase la madrugada. Llegaste vos en el Duna beige. Bajaste como bajan los que no tienen ganas de bajar pero el cuerpo les pide. Te metiste acá. ¿Necochea, dijiste?

—Sí.

—No vas a Necochea.

—Sí voy.

—No, pibe. Capaz que vas a llegar a Necochea, no te digo. Capaz que mañana al mediodía estás en la peatonal comprando un sándwich de milanesa. Pero vos no vas a ningún lado. Vos te estás yendo de algún lado.

El pibe no contestó. Miró firme al frente. Al MARTITA TE AMO TODAVÍA. A la pena anónima de un tipo, en algún momento del año pasado o del siglo pasado, que entró a este mismo baño, con la misma luz parpadeante, y tuvo que escribir con marcador en una pared para que alguien, en algún punto del tiempo, supiera. Pensó en lo siguiente: era posible que Martita ahora estuviera durmiendo al lado de otro tipo, y que el otro tipo le hubiera puesto la mano en la cintura, dormido. Lo pensó nítido. Le subió algo de la panza al pecho.

—¿Te peleaste con la mina? —preguntó el viejo.

—Sí.

—Hace cuántos kilómetros venís pensando lo que tendrías que haberle dicho.

El pibe se rió. Bajito. Más con la nariz que con la boca. Una risa de derrota.

—Trescientos veinte.

—Y todavía no se te ocurrió la frase.

—No.

—Nunca se te va a ocurrir. La frase que vos buscás no existe. Esa frase es un mito. Es la frase que arregla todo. Yo la busqué dieciséis años. No existe, pibe.

El viejo se acomodó. El Whirr! bajó de intensidad. El pibe, casi sin querer, retomó la posición canónica, y para su sorpresa el cuerpo respondió. Como si la ausencia de una solución mítica le hubiera destrabado un esfínter.

—¿Querés contarme qué pasó? —dijo el viejo—. No me tenés que contar nada, eh. Yo no soy nadie. Yo soy un viejo con la garompa inteligente en un baño de YPF. Pero capaz que contar te ayuda. Y a mí ya no me ayuda nada, así que escuchar no me cuesta.

El pibe se quedó callado. Después habló.

—Le revisé el celular.

—Ajá.

—Estaba con la cara para abajo en la mesa de luz. Lo agarré. Sabía la clave. Y lo revisé.

—Ajá.

—Había mensajes con un tipo del laburo. No mensajes de... no. Mensajes raros. Tipo, conversaciones largas a horas raras. Yo no entendía. Le pregunté a la mañana. Le dije, "che, vi que hablás todo el tiempo con este Marcelo". —de nuevo el jejeje! inocente y escondido del viejo riendo de un chiste que era para un nene de diez años—. Y ahí ella se dio cuenta de que yo le había revisado el teléfono y se le voló todo. Pero todo. Como nunca antes. Once años juntos y nunca la había visto así. Me dijo que no podía creer. Que era yo el problema. Que ella con Marcelo charlaba porque Marcelo se está separando y no tiene con quién hablar y ella le da bola porque es buena gente, y que el problema era yo, mi cabeza, mi necesidad de estar revisándole cosas. Me dijo que se iba a la pieza de la hermana. Hizo una valija. Se fue. Yo me quedé. Después no aguanté la casa, me subí al Duna y arranqué. Hace... —miró un reloj que no tenía en la muñeca—. Hace cuatro horas más o menos.

—¿Y no la llamaste?

—No.

—¿No te llamó?

—No sé. Tengo el teléfono apagado.

—Apagado, vos.

—Apagado.

—Pibe.

—Sí.

El viejo respiró fuerte. No bufó. Respiró. Como si estuviera juntando algo de adentro suyo para mandárselo afuera. Después se acomodó el sombrero, en un gesto medio extraño, porque no se lo había sacado para entrar y el sombrero no necesitaba acomodarse, pero los viejos hacen esos gestos para marcar que ahora viene una cosa importante, una cosa que ellos antes no decían pero que se cansaron de no decir, así que la dicen, aunque sea en un baño de la Ruta 2, a las tres y veintiocho de la mañana, a un pibe que apenas conocen.

—Pibe. Te voy a decir una cosa. Una sola. ¿La escuchás?

—La escucho.

—Mirá esta poronga que tengo —dijo, y el pibe pensó por un segundo de horror puro que el viejo iba a hacer algo terrible, algo que iba a destruirle la psiquis para siempre, pero no, el viejo siguió hablando sin moverse del lugar, mirando al frente, los ojos clavados en su propio azulejo—. Este nabo mío. Hoy. El que tengo ahora. Tiene cinco modos. Tiene una app. Tiene firmware. La semana pasada me llegó un mail diciendo que había una actualización de seguridad obligatoria. Obligatoria. ¿Vos sabés lo que es estar parado en un mingitorio en el Italiano, después de un control, y que el aparato me diga "instalando actualización, no interrumpa el procedimiento"? Tres minutos parado, pibe. Tres minutos con la cosa colgando, esperando un firmware coreano. Pero. Y acá viene el pero. Yo te lo dije antes. ¿Te acordás?

—Sí.

—Yo puedo medir todo. Caudal. Frecuencia. Eficiencia. Picos de presión. Hidratación según micción. La app me genera un informe semanal. Yo veo gráficos, pibe. Gráficos de mi propia verga. Y, te juro, yo desde que me pusieron esto, dejé de confiar en el cuerpo. ¿Entendés? Antes el cuerpo era misterio. Pasaba lo que pasaba y uno se la bancaba. Ahora yo lo mido. Y cuando algo se mide, se evalúa. Y cuando algo se evalúa, hay un mínimo aceptable, un máximo, una alerta. Y a mí, los días en que la cosa no rinde, el aparato me lo dice. "Don Aníbal, su eficiencia esta semana ha caído un nueve por ciento. ¿Desea consultar a su urólogo?". Y yo me siento mal. Me siento mal con mi propio pito, pibe. Con mi propio amigo de toda la vida, que ahora me cuelga del cuerpo como un empleado al que le tengo que ver el reporte.

El pibe escuchaba. La cosa, ahora sí, le había arrancado. Modo arroyo, pensó otra vez, sin entender por qué le venía esa frase.

—Vos a tu mina le pusiste una app, pibe.

—¿Cómo?

—Le revisaste el teléfono. Le mediste el caudal. Le mediste la frecuencia con la que se hablaba con un boludo del laburo. Le hiciste el reporte. Y cuando hiciste el reporte, le encontraste algo abajo del mínimo aceptable. ¿Cómo no te iba a echar? La estabas pasando por la GaChin. La estabas tratando como mi nuera me trata a mí. Le estabas pidiendo eficiencia hídrica.

—No, no es así.

—Sí es así. Yo no te conozco un carajo, pibe. Pero es así. Y te lo digo porque vos todavía tenés tiempo de aprender una cosa que yo aprendí cuando ya no tenía remedio. La cosa es esta. La cosa es esta, pibe. ¿Estás escuchando?

—Sí. —Dudó porque no sabía si se refería a la garcha.

—La confianza es eso que ponés donde no podés medir.

Silencio.

—¿Eh?

—La confianza. Es eso que ponés donde no podés medir. Donde podés medir, no hace falta confianza. Para medir el caudal no necesito confiar, lo veo en pantalla. Pero para todo lo que no se mide, hay que poner algo. Y ese algo es la confianza. Un poquito de Fe. Y vos, cuando empezás a medir, ya no podés confiar más. Porque la confianza vive en otro lado, vive donde no entran los números, y si la medís se muere. Se muere, pibe. Como mi misterio se murió cuando me pusieron la GaChin. ¿Estás siguiendo?

—Sí.

—La querés a la mina.

—Sí.

—Sí, pero...

—Pero no sé si ella...

—No, pibe. No, no, no, no. Pero no. La querés. Eso es lo único que sabés. Lo único que vos sabés con certeza es lo que te pasa a vos. Lo que le pasa a ella es ella. Y eso no se mide. Hace once años que se me murió Marta y todavía no terminé de medirla. Y no la voy a medir nunca, porque no se medía. Y la cargo conmigo, pibe. La cargo. Si yo en vida hubiera tratado de medirla, no la hubiera podido cargar. Hubiera tenido un Excel. Y los Excels no se cargan en el corazón, ¿se entiende? Los Excels los abrís y los cerrás. La gente no.

El pibe no dijo nada. Le había subido una cosa rara a la cara. Una presión arriba de los ojos, en el hueso, como si se le estuviera por escapar algo y él no quería. Apretó los dientes.

—Si querés Excel, pibe, hacete contador. Si querés mujer, asumí que es un misterio. Y bancate el misterio. Volvé.

—¿Volver?

—No a tu casa. Todavía no. Volvé a no medir. Dale unos días. Apagá el teléfono dos días, pero esta vez en serio, no en cobardía. Cuando lo prendas, llamala. Y no le pidas explicaciones. Pedile perdón. Una vez. Sin condición. Sin "yo te pedí perdón pero". Sin nada. Perdón seco. Y después, lo que venga. Capaz se va. Capaz se queda. Pero al menos vos no fuiste el que la metió en la GaChin.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, entiendo.

—No entendés, pibe. No vas a entender hasta dentro de quince años. Pero te lo dije igual, así que cuando dentro de quince años entiendas, te vas a acordar de un viejo en un baño de la Ruta 2 que tenía la pinchila tecnológica. Y vas a decir, mirá vos, el viejo aquel.

El pibe se rió. Esta vez con la boca. Una risa medio quebrada pero risa al fin. El viejo también se rió, bajito, con un movimiento de hombros, sin sacarse el sombrero.

Y ahí, en ese momento, se escuchó un BLING! nuevo. El viejo miró el cuadradito.

—Listo. Modo glaciar terminado. Procedimiento completado. Eficiencia ochenta y seis por ciento.

—Felicitaciones.

—Gracias, pibe. Es lo único que tengo.

El viejo terminó. Se acomodó. Y entonces hizo lo del Tink! Tink!. Dos golpecitos secos, claros, inconfundibles. Metal contra cerámica. Tink! Tink!. No la sacudida tradicional del paisano que se la palmea, no. Otra cosa. La punta de la prótesis GaChin —el pibe lo pensó después, mucho después, cuando reconstruyera la escena en su cabeza una noche cualquiera— golpeando dos veces el borde del mingitorio como una taza de café con la cucharita al final de una sobremesa larga. Un gesto coreano-rioplatense. Un cierre.

Subió el cierre. Acomodó. Agarró el termo del estante. Se acomodó el sombrero por segunda vez en la noche. Y antes de moverse para el lavatorio dijo, sin mirarlo, todavía con la cara hacia el azulejo:

—Mejor llamala antes del peaje de Lezama, pibe.

—¿Por qué Lezama?

—Porque a partir de Lezama ya no hay vuelta. Es caro el peaje. A partir de Lezama estás en el medio del campo y todo se vuelve filosofía. Llamala antes.

—Bueno.

—Suerte, pibe.

—Suerte, viejo.

El viejo caminó hasta el lavatorio. Se lavó las manos despacio, con esa minuciosidad de los que se las lavaron toda la vida en estaciones de servicio y saben que el jabón viene aguado. Se las secó en el pantalón porque no había papelitos y el secador de aire estaba desenchufado. Salió. La puerta hizo el ruido del resorte gastado al cerrar.

El pibe quedó solo. Verde-blanco, verde-blanco, verde-blanco. El cojinete del extractor. La pastilla azul más chica que al principio. MARTITA TE AMO TODAVÍA.

Terminó. Se acomodó. Subió el cierre. Caminó hasta el espejo. Se miró. Cara de cuatro de la mañana, ojeras nuevas, un brote de barba que no había sido decidido. Se mojó la cara. Se la secó con papel marrón de esos que raspan más de lo que secan.

Y entonces afuera, del otro lado de la pared, en el playón, se escuchó un motor. Un motor inconfundible. Un Fiat Duna arrancando, ese ronroneo medio asmático, medio fiel, ese motor que llevó a generaciones enteras de argentinos hasta la costa atlántica con bolsos atados al techo.

El pibe se quedó quieto.

Un segundo.

Un segundo y medio.

Después algo en el centro del pecho se le movió de lugar. Como cuando el ascensor frena un piso antes y todavía no entendiste por qué.

Caminó hasta la ventanita del baño, la única hendija que daba al exterior, una ventila chiquita con vidrio rayado, y se paró en puntitas de pie.

Vio salir, hacia la Ruta, un Duna beige.

Su Duna beige.

El viejo al volante, sombrero gris apenas visible, una manito que se levantó dos segundos del volante en algo que esta vez sí, indudablemente, era un saludo, porque el viejo había mirado directo a la ventanita del baño, con la jeta descompuesta de risa, antes de meterse en la Ruta 2 rumbo al sur.

—La concha de la lora —dijo el pibe, sin voz.

Salió corriendo. Cruzó el playón con la campera flameando en una mano y el aire frío entrándole por debajo de la remera. Llegó al lugar donde había estacionado, dos rectángulos antes del surtidor de gasoil. Aire. Una manchita de aceite con forma de Brasil. Y nada más.

La Falcon rural seguía ahí, vieja y digna, parada en diagonal como un caballo que ya entendió. Las llaves estaban puestas en el contacto. Apoyado contra el parabrisas, un cartelito hecho con la tapa de un cuaderno Rivadavia, escrito con birome azul en una letra de maestro normal jubilado:

Pibe:

Es tuya. Tiene gasoil hasta Dolores. Los papeles los arregla mi nuera mañana, vos no preguntes nada y manejá. Tu Duna lo necesito tres días. Lo dejo en la YPF de San Clemente, sano y entero. Tengo más años que tu viejo y manejo mejor que tu vieja.

La Marta del retrovisor cuidala. Era mía. Mi Martita. Llamala antes del peaje de Lezama. En serio. Te saluda la GaChin.

—A.

El pibe se quedó parado en la madrugada con el cartelito en la mano. Lo leyó dos veces. Después se rió. Primero bajito, después fuerte, después con esa risa medio rota que parece llanto pero no es. Se rió mirando el rectángulo de aire vacío donde había estado su Duna, y se rió mirando la Ruta 2 por donde se había ido el viejo hijo de puta que en una sola madrugada le había salvado la relación, le había robado el auto, y le había dejado para siempre, clavado en algún hueso del oído, el Tink! Tink! seco de la coreana de titanio golpeando dos veces el borde blanco del mingitorio.

Se subió a la Falcon. Olía a yerba vieja y a cuero pelado. En el espejo retrovisor colgaba una estampita gastada, una mujer joven sonriendo en una playa que podía ser Pinamar o podía ser Mar Chiquita, con la palabra MARTA escrita atrás con birome de tinta verde, ya casi seca de los años.

Sacó el teléfono del bolsillo. Apretó el botón. La pantalla se iluminó. Veintisiete mensajes de ella. Once llamadas perdidas. La primera era de hacía tres horas y media.

Marcó.

El teléfono sonó dos veces.

—Hola —dijo ella, con la voz hecha pedazos.

—Hola, gorda.

—¿Dónde estás?

—En una YPF de la Ruta 2. Kilómetro tres veinte. Maipú, más o menos.

—¿Qué hacés ahí?

—Una larga historia. Mirá, te quería preguntar una cosa. ¿Vos te querés tomar un Uber largo, venirme a buscar, y nos vamos un par de días a Necochea juntos? Conozco un hotelito.

Silencio del otro lado. Un silencio de los que se escuchan respirar.

—¿Vos estás bien?

—Sí. Estoy bien. Estoy mejor que hace cuatro horas. Estoy raro pero estoy bien.

—¿Y el auto?

—Ah. Sí. Eso. Me robaron el auto.

—¿Te qué?

—Me lo robó un viejo.

—Pará. ¿Vos estás drogado?

—No, mi amor.

—Salí de Capital a las once y media. ¿Vos sabés la hora que es?

—Las tres y cincuenta y dos.

—¿Y querés que vaya a buscarte a la Ruta 2 a las cuatro de la mañana?.

—Sí. Perdón.

—¿Perdón por qué?

—Por todo. Por lo del teléfono. Perdón. Perdón, mi amor. Perdón.

Otra vez el silencio. Pero distinto. Un silencio que del otro lado se estaba acomodando, doblándose, decidiendo.

—Sos un pelotudo —dijo ella, finalmente.

—Sí.

—Un pelotudo grande.

—Sí.

—Mandame la ubicación. Pedime un Uber. Voy.

Y cortó.

El pibe se quedó con el teléfono en la mano un rato. Después le mandó la ubicación. Pidió el Uber. Le mandó el comprobante. Ella mandó un emoji. Un solo emoji. Una carita aguantando la risa con los ojos para arriba. Ese, exactamente ese.

Giró la llave de la Falcon. El motor arrancó al primer intento, con la suavidad bocona de las cosas que fueron queridas mucho tiempo. La aguja del combustible saltó al medio y se quedó ahí, decidida. La radio, sin que él la prendiera, empezó sola en una AM cualquiera, en un tango de los que ya no se cantan.

El pibe miró a Marta en el espejo retrovisor.

—Hola, Marta —dijo.

Marta no contestó, pero le pareció que sonreía un poquito más que hacía un minuto.

Puso primera. Salió despacio del playón. Y por la Ruta 2, rumbo al norte ahora, rumbo a un punto intermedio donde iba a encontrarse con su mujer a mitad de la madrugada para empezar a ver qué carajo hacían con lo que les quedaba, manejando el auto de un viejo hijo de puta que le había mangueado el suyo, el pibe se largó a reír otra vez, solo, en la oscuridad, mientras un Tink! Tink! finito le retumbaba todavía adentro de la cabeza, como una canción pegadiza que se le iba a quedar instalada para siempre.

FIN

Tink! Tink!

FIN DEL ARCHIVO